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EL ÚLTIMO BESO... ANTES DEL DIVORCIO romance Capítulo 25

CAPÍTULO 25. La primera copa

“Tú eres la otra”.

Ese fue el primer pensamiento que le dijo a Henry que su subconsciente lo estaba traicionando. Por suerte no llegó a su lengua, pero tampoco evitó que se quedara mirando como un zombi aquellos papales vacíos que seguían en sus manos.

La tinta negra de los encabezados parecía burlarse de él con la voz de Rebecca, como si le recordara que había fracasado otra vez.

“¿Y tú estabas contado con ese dinero? ¡Ay, cosita, si es que de odiarte voy a pasar a tenerte lástima! ¿De verdad creías que Julie Ann iba a vender el Ferrari, los diamantes, las carteras de diseñador y todo lo demás para devolverte ese dinero? ¿Creíste que tus padres y Chelsea venderían todo para darte ese dinero? ¡Es que hasta me atrevería a apostar contigo! ¿Sabes qué? Conozco tan bien a las víboras rastreras a las que tú tanto amas, que me atrevo a hacer una apuesta: Haz un inventario de todo para subastar, si tu madre, tu padre, tu hermana, y tu amante te lo firman, yo retiraré la demanda contra Julie Ann. De lo contrario, todo eso será para mí”.

Y en efecto, no había ni una sola firma en aquellos papeles. Simplemente esperaban que ñe, lo resolviera todo… doblegando a Rebecca, acusándola de “algo”, inventándole lo que fuera…

Tragó una saliva que le supo amarga y se pasó la mano por el cabello antes de girarse hacia la puerta. Su corazón se iba acelerando poco a poco, pero sabía que ya no había vuelta atrás. Se metió la mano en el bolsillo y sacó aquella tarjeta que Rebecca le había dado. Tenía la dirección de una oficina en hermosas letras doradas, pero nada más.

Henry dudú un segundo, pero no tenía caso dilatar lo inevitable. Salió de la casa y bajó hasta el estacionamiento, pero al llegar a su coche se detuvo. Miró alrededor y ahí estaba, reluciente, el Ferrari rojo de Julie Ann. Una chispa de ironía se encendió en sus ojos, y sin pensarlo demasiado, abrió el panel de las llaves, sacó la que necesitaba y se subió a él.

El rugido del motor llenó el estacionamiento subterráneo y Henry salió de la mansión rumbo al centro de la ciudad. Iba tan embebido en sus pensamientos que ni siquiera supo cómo había llegado a aquel edificio. Era una torre moderna, con grandes ventanales que brillaban bajo el sol. Tomó el ascensor y subió a uno de los pisos superiores, y cuando las puertas se abrieron, lo primero que notó fue que el lugar parecía casi vacío.

Las paredes estaban desnudas, los pasillos silenciosos, y solo se escuchaba el zumbido lejano del aire acondicionado. No había escritorios, ni cuadros, ni adornos. Era como un lienzo en blanco esperando que alguien lo llenara de vida.

Henry caminó con cautela, hasta que al fondo del pasillo divisó la puerta de lo que parecía la única oficina ocupada. Los ventanales de piso a techo que dejaban ver la ciudad en todo su esplendor, y ahí, perfectamente instalada y rodeada de papeles, estaba Rebecca.

Ella levantó la cabeza al sentir su presencia. Sus ojos se encontraron y para Henry fue como un pequeño shock. No importaba cuánto lo hubiera negado antes, ella era demasiado hermosa. Tenía el cabello suelto, cayéndole en ondas sobre los hombros, y una serenidad en el rostro que contrastaba con la tormenta que él llevaba dentro.

—Henry… —murmuró sin molestarse en disimular su sorpresa—. Eso fue rápido… así que vienes con noticias muy buenas o muy malas.

Henry dio un par de pasos dentro de la oficina, pasando saliva y mirando alrededor.

—¿Qué es este lugar? —preguntó intrigado.

—Las oficinas de mi próxima empresa —contestó ella, como si se tratara de lo más natural del mundo.

Él arqueó una ceja. No sabía si creerle o pensar que estaba bromeando, pero antes de que pudiera decir nada más, Rebecca clavó la mirada en la carpeta que él llevaba en la mano.

CAPÍTULO 25. La primera copa 1

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