CAPITULO 27. Seguro de nada
Carlotta estaba fuera de sí. Gritaba tanto que su voz se quebraba, y el aire parecía cargado con su furia.
—¡Esto no puede estar pasando! ¡Es un robo! —vociferaba, agitando los brazos con tanta desesperación que los criados de la casa se miraban entre ellos sin saber si ayudarla o esconderse.
Su rostro, normalmente impecable y altivo, estaba descompuesto. El maquillaje corrido le daba un aire casi grotesco, pero ella ni se daba cuenta. Se abalanzaba sobre los recaudadores, trataba de detenerlos con insultos, con amenazas, incluso con súplicas desesperadas.
—¡No tienen idea de quién soy yo! ¡Voy a llamar a mi hijo, él los va a detener!
Sacó el teléfono con manos temblorosas, y marcó una y otra vez el número de Henry. Pero nada. La llamada iba directo al buzón, y cada intento frustrado solo aumentaba su histeria.
—¡Contesta, Henry! —chillaba, apretando el aparato contra su oreja—. ¡Contesta maldit@ sea, que nos están saqueando la casa!
El señor Sheppard apareció tambaleándose en medio del salón, con el rostro rojo y el bastón golpeando el piso con cada paso.
—¡Esto es una infamia! —rugió, apuntando con el bastón hacia los hombres que cargaban los muebles—. ¡Exijo hablar con mi hijo, él no pudo autorizar semejante estupidez!
Pero los recaudadores, imperturbables, seguían su labor. Documentos firmados, órdenes claras: no había discusión posible.
Carlotta rompió en llanto, uno lleno de rabia y humillación. Se aferraba a las cajas de las joyas como si al tocarlas pudiera impedir que se las llevaran. Pero nada servía.
Al otro extremo de la calle, Rebecca y Seija observaban la escena desde el Ferrari rojo, estacionado con disimulo.
—Qué espectáculo —comentó Seija con una sonrisa torcida—. Nunca había visto a esa mujer perder la compostura así.
Rebecca, sin apartar la vista de la mansión, respondió con calma:
—Y apenas es el comienzo. Te aseguro que el próximo estará mejor.
Esperaron pacientemente hasta que los recaudadores terminaron de vaciar la casa y los camiones arrancaron hacia su siguiente destino.
—Vamos detrás —sonrió Rebecca, encendiendo el motor.
Y el rugido del Ferrari acompañó la caravana de camiones hasta la residencia de Henry. Allí, la historia se repitió, aunque con un giro aún más picante: Julie Ann. Rebecca estaba segura de que ya se habría instalado allí, y no se equivocaba.
La vio pelear con los recaudadores tal como habían intentado hacer los Sheppard, con la diferencia de que estos se habían llevado de una vez ala policía para evitar disturbios.
—¡No! ¡Alto! ¡No pueden hacer esto! —gritaba Julie Ann tratando de detener a los hombres que iban saliendo con sus bolsos y cajas de joyas.
Su voz aguda resonaba en todo el vecindario. Los vecinos se asomaban discretamente por las ventanas, murmurando entre sí.
—¡Esto es ilegal! —vociferaba Julie Ann, sujetando del brazo a uno de los recaudadores—. ¡Todo esto me pertenece a mí!
El hombre la apartó con suavidad pero con firmeza, mostrándole los papeles.
—Órdenes firmadas por Henry Sheppard. Todo esto le pertenece legalmente a Rebecca Callaway, no a usted.

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