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EL ÚLTIMO BESO... ANTES DEL DIVORCIO romance Capítulo 28

CAPÍTULO 28. Palabras sueltas.

Henry se dejó caer en uno de los sollones del estudio con el cuaderno entre las manos. Pasó aquella primera página lentamente, como si temiera lo que fuera a encontrar allí. Las letras, escritas con una caligrafía elegante, llenaban el cuaderno con lo que parecían confesiones demasiado íntimas, y por un segundo lo hizo dudar.

La primera entrada era del mismo día de su boda, después de que él se fuera de luna de miel… pero no con ella.

"Amo a Henry. Es tan fácil escribirlo y tan difícil explicarlo. Entiendo que no debí aceptar el acuerdo que mi padre le propuso, pero desde el principio supe que no podía resignarme a perderlo. Confío en que, de alguna manera, el destino me dé la oportunidad de conquistarlo, porque lo amo más que a nadie en este mundo. Sé que Henry no ve en mí lo que yo siento por él, pero no puedo rendirme, así que le propuse un trato diferente: 100 besos. ¿Serás suficientes cien besos para que se enamore de mí? ¿O esta locura por la que me estoy dejando llevar acabará por costarme todo."

Pero la verdad era que si Henry creía tener una respuesta a esa pregunta, supo que ni siquiera alcanzaba a imaginar cuánto había perdido Rebecca hasta que sus ojos recorrieron las siguientes líneas.

"Recuerdo la primera vez que lo vi. Papá desconfiaba de él, decía que no era más que un joven con ambiciones demasiado grandes, sin experiencia, con más sueños que certezas. Pero yo vi otra cosa. Vi su pasión, su empeño, y supe que debía tener una oportunidad. Le insistí a papá para que trabajara con él, para que le diera esa oportunidad que merecía. Y no me equivoqué…”

Henry tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta. Cuatro veces, cuatro proyectos: Curtis Callaway había rechazado cuatro proyectos suyos antes de asociarse con él, de repente le había dicho que creía que merecía la oportunidad.

Entonces…

¿Entonces eso había sido solo por Rebecca?

Bajó los ojos y siguió leyendo. Había frases dispersas, pensamientos sueltos… y luego estaban recuerdos, como aquel, que le espantaron la borrachera de golpe:

“Ahora papá no está, la empresa de Henry se vio afectada también por todo esto, y sé que me corresponde a mí seguir cuidándolo, para eso soy su esposa. Reuní mis ahorros y organicé una compra masiva de todos los productos que tiene estancados, haciéndome pasar por un distribuidor. Todo lo guardé en un almacén, el 371 de Maddison Drive, en Queens. Ni siquiera sé qué puedo hacer con todo eso, y eran los últimos quince millones que me quedaban de mi fortuna personal... pero valieron la pena porque ahora él está a salvo, y feliz porque su empresa sigue en pie. Solo me pregunto si algún día logrará amarme como yo lo amo."

El corazón de Henry dio un vuelco. El aire se le escapó de golpe y el alochol pareció disiparse de inmediato, como si nunca hubiera existido.

—¡Dios mío…! —murmuró con voz ronca mientras la náuseas lo invadían.

Notó que algunas palabras estaban borrosas. Había manchas en la tinta, como si lágrimas hubieran caído sobre la hoja. Esa imagen lo sacudió: que Rebecca pudiera estar llorando mientras escribía aquello… pero no. Algo le dijo que había llorado después, después cuando él...

Un recuerdo lo golpeó con fuerza, y de pronto todo lo transportó a ese día en su oficina, dos años atrás:

Rebecca había entrado corriendo a su oficina, con los ojos brillantes y una sonrisa enorme.

—¡Henry! —había exclamado, agitando unos papeles—. ¡Tengo una buena noticia!

Él apenas la había mirado, distraído entre cuentas, facturas y frustración.

—¿Qué quieres ahora? —había gruñido, cansado.

—Un comprador —había dicho ella, sin borrar su sonrisa—. Un comprador acaba de adquirir todo el producto que tenías estancado. ¡Todo, Henry!

Él había levantado la vista, sorprendido, pero lejos de agradecer, había fruncido el ceño.

—Rebecca, ¿qué te he dicho de meterte en mi empresa? ¡Esto no es un juego! ¿Crees que mi reputación volverá a ser lo que era si tengo a la hija de un hombre acusado de fraude metida en mis edificios?

Ella había bajado los papeles, dolida por el tono y más, por las palabras.

—No me estoy metiendo, solo quería darte la noticia...

CAPÍTULO 28. Palabras sueltas. 1

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