MI MEJOR ENEMIGO. CAPÍTULO 28. Promesas
Seija despertó envuelta en un olor familiar y reconfortante: café recién hecho. Abrió los ojos con pereza, todavía medio atrapada entre el sueño y la vigilia, y lo primero que vio fue a Camilo paseándose por el cuarto solo en un pantalón de algodón, despeinado, relajado, con esa naturalidad doméstica que hacía unos meses le habría parecido impensable.
Durante unos segundos se quedó observándolo sin parpadear, intentando fijar esa imagen en la memoria como quien guarda una fotografía mental. La luz de la mañana entraba filtrada por las cortinas y dibujaba sombras suaves sobre su piel. El silencio era cómodo, apenas roto por el leve sonido de la cafetera en la cocina y por los pasos tranquilos de Camilo yendo y viniendo, como si ese pequeño ritual matutino fuera algo que hubiera hecho toda la vida.
La escena le provocó una sensación extraña, una mezcla de intimidad, seguridad y una vulnerabilidad nueva que todavía estaba aprendiendo a tolerar. No era solo deseo ni costumbre. Era algo más silencioso, más estable, algo que se parecía peligrosamente a un hogar.
Camilo notó su mirada y sonrió al verla despierta.
—Buenos días —dijo, acercándose con una taza en la mano y besándola despacio—. ¿Sabes que no hay mejor sensación en el mundo que verte dormir en mi cama después de hacerte el amor?
Seija alzó una ceja, divertida, y se incorporó un poco para aceptar la taza. El gesto fue lento, todavía cargado de esa pereza deliciosa de los despertares sin alarma ni prisas.
—¿Siempre eres tan poético a primera hora?—murmuró, llevándose el café a los labios.
El primer sorbo le devolvió el cuerpo al presente. Apoyó la espalda contra el respaldo de la cama y cerró los ojos un segundo, respirando hondo, saboreando algo tan simple como estar tranquila.
—No, a veces también amanezco perverso. ¿Cómo me prefieres hoy?
Seija miró alrededor del cuarto: la ropa de ambos estaba desordenada en una silla, el celular de Camilo cargando en la mesita de noche, Mina y Rio dormían al pie de la cama. Detalles pequeños, pero cargados de una normalidad que, para ella, seguía siendo una novedad.
—Tengo que irme a trabajar —dijo al cabo de unos segundos, con cierta resignación—. El mundo real nos reclama.
La frase salió casi como una broma, pero también como un recordatorio automático de quién era y de todo lo que tenía encima.
Camilo negó con la cabeza de inmediato, apoyándose en el marco de la puerta con esa expresión obstinada que Seija conocía demasiado bien.
—No —respondió—. No hasta que dejemos claro qué vamos a ser a partir de ahora.
Ella lo miró con una sonrisa ladeada. No le molestaba la aclarción; simplemente le recordaba que los dos venían de una historia donde las cosas habían quedado mal cerradas.

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