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EL ÚLTIMO BESO... ANTES DEL DIVORCIO romance Capítulo 31

CAPITULO 31. El resultado oficial

Henry quiso que la tierra se lo tragara cuando vio a Rebecca en la puerta. El corazón se le desbocó de golpe, como si le hubieran dado un puñetazo invisible en el pecho. El aire en sus pulmones se volvió pesado, y con un movimiento instintivo, torpe, escondió el diario debajo de las sábanas, como un niño atrapado con un secreto prohibido. El cuaderno desapareció a un costado de su cuerpo, y él apretó los bordes con los dedos temblorosos, temiendo que ella lo descubriera.

Rebecca entró con paso seguro, envuelta en una larga gabardina oscura. La luz blanca del hospital resaltaba el contraste de su cabello desordenado, y su mirada ni siquiera paseó por la habitación, como si realmente no le interesara que él estuviera allí.

—Es alérgico a la penicilina y a todos sus derivados —sentenció caminando hacia Camilo y este sonrió, como si la seriedad de la situación no fuera con él.

Abrió los brazos exageradamente, y no tuvo que fingir la emoción.

—¡Becca! —exclamó con entusiasmo, como si se tratara de un reencuentro muy esperado.

Antes de que Rebecca pudiera reaccionar, él ya la tenía atrapada en un abrazo apretado. Ella se tensó un instante, pero luego lo devolvió con una palmada ligera en su espalda. Y Henry observó la escena con un nudo en la garganta.

“Becca”.

Ese apodo golpeó sus recuerdos. Él también solía llamarla así, en los años en que trabajaba junto a su padre. Aquellos días en los que aún la miraba con cariño, sin rencores ni heridas, cuando ella era parte de una familia que admiraba y no su peor enemiga. Aquel nombre en la boca de Camilo, le dolió como si le hubieran robado algo íntimo.

—¿Por qué viniste a verme? —preguntó Henry con la voz ronca, y eso obligó a Rebecca a mirarlo.

No dejó que vieran ni una sola emoción en su rostro, aunque verlo en aquella cama le rompía de alguna forma el corazón. Después de todo se había divorciado decepcionada, no desenamorada, por más que el infeliz se lo mereciera.

—Porque al parecer hubo una confusión con tu contacto de emergencias —respondió con ironía, ladeando la cabeza—. Y como fastidiarme parece ser uno de tus muchos atractivos, pues terminaron llamándome a mí.

Henry apretó los labios. La forma en que lo dijo sonaba a reproche, pero también había en su tono un rastro de resignación, como si esa costumbre de él de arrastrarla a su caos fuera algo ya conocido.

Y para colmo Camilo se metió en medio, con esa forma suya de no tener filtro ni tacto, sonriendo con descaro.

—¡Uff, bienvenida al club de los fastidiados! —dijo, alzando la palma para chocarle los cinco.

Ella lo miró confundida, arqueando una ceja, pero al final levantó la mano con desgana y se lo devolvió.

—Dime la verdad, ¿a ti también te interrumpieron cuando estabas follando? —preguntó y Henry empezó a toser en un segundo.

Pero las dos otras personas en la habitación hicieron como si no lo oyeran, y ella se abrió la gabardina y le mostró a camilo el pijama de zombis que llevaba debajo, con dibujos chillones en tonos verdes y grises.

—Peor —replicó con sarcasmo, señalando la tela—, me interrumpieron durmiendo.

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