CAPÍTULO 45. Tiempos más felices
Henry se plantó en medio de la sala, con los puños cerrados y la voz cargada de rabia contenida, mientras su hermana boqueaba vcomo un pez fuera del agua son saber qué decir.
—Quiero que se vayan de mi casa. ¡Ahora! —les dijo a sus padres con un tono que pocas veces había usado contra ellos—. No les debo explicaciones y, a partir de hoy, no quiero que vuelvan a entrar aquí a menos que sean invitados.
Carlotta abrió los ojos como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar. Chelsea se llevó la mano al pecho, ofendida, mientras su padre lo miraba con una mezcla de furia y decepción.
—¿Cómo puedes tratarnos así? —le reprochó Carlotta con voz temblorosa—. ¡Somos tu familia!
—¡Un malagradecido, eso es lo que eres! —escupió Chase, incapaz de contenerse.
—Pues si no te gusta cómo soy, entonces empieza a mantener tu propia casa a partir de ahora —sentenció Henry con frialdad.
El corazón le latía en el pecho como si estuviera desbalanceado. Sentía una punzada de culpa, pero la ahogó enseguida con la conciencia tranquila que ya empezaba a necesitar.
—Les di más de lo que jamás habrían podido tener y lo único que les pido a cambio es que me dejen en paz. Si es mucho pedir me avisan, y empezaré por cancelarles las tarjetas. Veremos si no van a usarlas ahora que se les acabó la fiesta con la de Rebecca.
Había más presión en aquella sala que a 200 metros de profundidad en el mar. Carlotta murmuró algo inaudible, como si todavía buscara convencerlo, pero Chelsea la tomó del brazo. Los tres se dieron la vuelta, molestos y dolidos, y salieron de la casa sin mirar atrás.
Cuando la puerta por fin se cerró, la tensión quedó flotando en el aire. Henry se pasó la mano por el cabello, tratando de ordenar sus pensamientos, pero no tuvo tiempo de respirar, porque todavía quedaba alguien en aquella casa con algo que decir.
—Tus padres no tendrán derecho a reclamarte —dijo Julie Ann con la voz cargada de reproche—, ¡pero yo sí puedo hacerlo, porque soy tu pareja!
Henry frunció el ceño, cansado de discusiones.
—Julie Ann…
—¡No me interrumpas! —le gritó ella, con los ojos brillando por un rastro de lágrimas—. Explícame por qué fuiste capaz de comprarle el anillo a Rebecca por cien mil dólares, ¡pero a mí no me dejaste recuperar ninguna de mis joyas!
Él la miró fijo, con la mandíbula tensa.
—Eso es cosa mía —respondió con una calma gélida—. Y te equivocas si crees que tengo que darte explicaciones.
Julie Ann sintió un nudo en la garganta, pero no se calló.
—¡Te has dejado manipular por ella! ¿Verdad? —exclamó, levantando más la voz—. ¡No lo puedo creer, Henry!
Él giró sobre sus talones y se metió en su cuarto. Julie Ann lo siguió a toda prisa mientras sus tacones golpeaban el suelo con furia.
—¡No puedes hacerme esto! —continuó, mientras él abría el closet—. ¿Es que no ves que ella te controla? ¿Que lo único que quiere es hundirnos?
—En algo tienes razón —replicó Henry—. Me he dejado manipular mucho.
Tomó ropa limpia y se metió al baño, cerrando la puerta con seguro justo en el momento en que Julie Ann alargaba la mano para detenerlo. Ella golpeó la madera con la palma, frustrada, y alzó la voz todavía más.
—¡No lo puedo creer! ¡Henry, sal de ahí!
El agua de la ducha ahogó sus reclamos. Henry se quedó bajo el chorro durante varios minutos, dejando que el agua fría despejara un poco su mente. Tenía que enfocarse… tenía que enfocarse.
Cuando salió del baño, vestido y arreglado para marcharse, ella lo esperaba de brazos cruzados, los ojos enrojecidos y la respiración agitada.

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