CAPÍTULO 48. Una mala historia
Henry la miraba con una mezcla de ansiedad y determinación. Había ensayado muchas veces lo que quería decir, pero al estar frente a Rebecca las palabras le salían atropelladas, como si temiera que ella lo interrumpiera antes de terminar.
—No es que quiera arruinarme, Rebecca, claro que no —dijo con voz grave, intentando sonar sereno aunque por dentro se sentía completamente impotente—. Lo que quiero es reparar de alguna manera el error de ni siquiera haberte dejado hablar hace dos años.
Rebecca arqueó una ceja y lo observó con frialdad, pero en sus ojos había un destello de cansancio, como el de alguien que quiere saber, sí, pero también quiere olvidar. Tomó la copa con calma, giró el cristal entre los dedos y luego lo miró con una media sonrisa irónica.
—¿Y por qué quieres revolver toda porquería, Henry? —preguntó con un tono de agotamiento que a él no el pasó desapercibido. Hubiera preferido su rabia mil veces, pero parecía que solo iba a obtener hastío—. A fin de cuentas, ya estamos divorciados. No hay necesidad de repasar las batallas cuando la guerra ya se perdió.
Él se inclinó un poco hacia adelante, apoyando las manos sobre la mesa como si necesitara anclarse.
—Porque siento que necesito arreglarlo —respondió con un suspiro que le salió desde lo más hondo del pecho—. Me di cuenta de que fui injusto contigo de muchas maneras, y una de ellas fue el no prestarle atención a lo que hacías por mí.
Rebecca no contestó de inmediato. En su interior, sin embargo, un leve nudo de resentimiento y dolor le apretaba la garganta, uno que estaba tratando de soltar a toda costa. Pero si todavía quedaba sospecha y curiosidad en ella, no necesitó preguntar porque Henry parecía determinado a no quedarse con nada por decir.
—No tenía idea de que habías gastado los últimos quince millones de tu fortuna personal ayudándome, evitando que me fuera a la quiebra… Después de eso solo dependías de mí, y yo te fallé.
Las palabras quedaron flotando en el aire. Rebecca se tensó por un segundo, y de repente comprendió de dónde él había sacado tanta información. Una risa corta, casi incrédula, se le escapó de los labios, extendiéndose y dejando a Henry desconcertado. Ella bebió un sorbo largo de su copa, como si necesitara tragarse junto con el vino la incomodidad del momento, pero finalmente lo soltó.
—Leíste mi diario —espetó más como si fuera una broma que una acusación.
Henry se puso rojo al instante, dándose cuenta de que él mismo se había delatado por hablar de más.
—Por algo lo dejaste en la casa ¿no? —se defendió con torpeza, pero Rebecca lo interrumpió enseguida, con un gesto frío.
—Por algo lo dejé en la basura —recalcó—. Porque nada de eso importó nunca y no va a empezar a importar ahora.
El silencio cayó entre ellos, pero aunque Henry debía estar más que acostumbrado a pelear con ella, en aquel momento no quería hacerlo.
—A mí sí me importa —sentenció mientras le sostenía la mirada.
Había algo duro, casi implacable, en sus ojos, pero también un fondo de comprensión que no se molestaba en ocultar.
—El desengaño es muy duro, ¿verdad? —preguntó Rebecca suavemente, aunque la frase estaba cargada de recuerdos venenosos.

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