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EL ÚLTIMO BESO... ANTES DEL DIVORCIO romance Capítulo 49

CAPÍTULO 49. Un último negocio

La mirada de Rebecca fue como ver una droga actuando en tiempo real, sus pupilas se dilataron, su cara se puso colorada y un segundo después estallaba en una risa sonora e incontrolable. ¿De verdad estaba mencionando eso? ¿De verdad estaba mencionando ese último beso que no se habían dado antes del divorcio?

La carcajada de Rebecca tomó a Henry completamente desprevenido, haciéndolo dar un pequeño respingo en su silla, como si alguien le hubiera echado agua fría por la espalda. La observó con el ceño fruncido, sin saber si debía ofenderse o simplemente dejar pasar aquel estallido de risa.

—¿Estás bromeando? —preguntó ella, todavía con los labios curvados en una sonrisa socarrona, y los ojos brillando como si acabara de escuchar el mejor chiste de la semana.

Henry sintió el calor trepándole por el cuello y coloreándole las mejillas hasta el punto de que seguramente cualquiera podría notarlo. Se removió en la silla, incómodo, y carraspeó un poco antes de contestar.

—No… no era una broma —balbuceó, bajando la vista hacia el mantel—. Solo lo planteaba como un hecho.

Rebecca arqueó una ceja con gesto incrédulo, apoyó los codos sobre la mesa, entrelazando los dedos y lo miró con detenimiento, como si lo estudiara.

—Pues entonces permíteme recordarte otro hecho —replicó con voz firme, sin rastro ya de risa—: no hubo uno solo de esos besos que valiera la pena. Y los dos lo sabemos porque los dos estuvimos ahí.

Las palabras le cayeron a Henry como una piedra en el estómago. Bajó la vista, apretó los labios y sintió la punzada de vergüenza más intensa de la noche. No tenía réplica posible; porque en todos esos besos él había dejado claro que no quería sentir nada.

Por suerte para él, en ese preciso instante el chef apareció con la cena. Colocó los platos con movimientos pulcros y mecánicos, interrumpiendo el silencio incómodo con el suave choque de la porcelana contra el mantel. Un aroma delicioso de hierbas y mantequilla llenó el aire, pero Henry apenas lo percibió.

Cuando el chef se retiró, el ambiente quedó cargado de un silencio espeso, como si ambos midieran con la mirada la fuerza del otro. Rebecca parecía perfectamente cómoda probando lo que Tanaka había preparado para ella. Henry, en cambio, apenas podía tragar. Se llevó un bocado a la boca, pero sintió la garganta cerrada, como si cada intento de tragar fuera una lucha. La comida se le atascaba, y con ella, los pensamientos.

El torbellino de tensión que se acumulaba entre los dos era molesto, y como Rebecca ya no estaba dispuesta a pasar ni un segundo más de incomodidad por causa de Henry, decidió ir directo al grano de la negociación.

—Entonces, ¿cuál es tu plan para el producto que tengo en el almacén?

Henry levantó la cabeza, sorprendido. No esperaba que ella llevara la conversación por ese camino, al menos no tan pronto, pero acabó carraspeando y tratando de recordar todo lo que había investigado recientemente sobre la transacción.

—Si no recuerdo mal… —respondió con cautela, dejando el tenedor sobre el plato— son 23,328 unidades de computadoras de gama alta listas para la venta.

Rebecca inclinó ligeramente la cabeza, como esperando que continuara.

—Yo podría hacerte la transferencia de ese dinero en cuanto quieras —añadió Henry, intentando sonar seguro de sí mismo, aunque por dentro temía que ella lo rechazara de inmediato.

Y, efectivamente, Rebecca no tardó ni un segundo en dejar clara su postura.

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