CAPÍTULO 59. Una pieza importante
Henry llegó a su casa con la sensación de que, por primera vez en mucho tiempo, podía respirar sin presión. Todo estaba en paz; el silencio no tenía la tensión habitual que marcaba la presencia de su familia o los problemas pendientes. Caminó despacio por el pasillo principal, sintiendo cómo la calma lo invadía y le daba un poco de espacio para ordenar sus pensamientos antes de llamar a una de las muchachas del servicio.
—Angela… por favor, saquen las cosas de Rebecca de mi despacho y llévenlas a mi habitación —dijo sin asomo de dudas, mientras se detenía frente a la puerta del despacho—. Y emmm… acomódalas en mi vestidor.
Las chicas del servicio asintieron y comenzaron a trasladar cajas, acomodando todo con cuidado. Mientras tanto, él se acercó a la caja fuerte, y metió de nuevo dentro el diario de Rebecca. Había leído más de lo que su conciencia podía soportar sin dar el salto drástico hacia la acción. Y esa acción era empezar a compensarla.
Cerró la caja con un clic que le pareció un símbolo de compromiso. Esta vez, pensó, tenía que reparar todo lo que había hecho mal.
Y quizás como si el karma quisiera darle una tregua, esa noche algo increíble sucedió: Henry durmió profundamente. No había sobresaltos, no había sueños turbios ni remordimientos que lo mantuvieran despierto. Se despertó al día siguiente con la determinación intacta, desayunó ligeramente, sin prisa, y tomó el camino hacia el almacén de la calle Maddison.
Allí ya lo esperaba un equipo de trabajo, listos para recibir instrucciones.
—Buenos días a todos —dijo Henry, con esa mezcla de autoridad y cordialidad que lograba mantener a raya tanto respeto como confianza—. Hoy vamos a revisar el inventario de las computadoras de gama alta que están almacenadas aquí. Primero vamos a asegurarnos de que no falte ninguna unidad según el inventario, y luego las máquinas pasarán por una revisión aleatoria, asegurándonos de que todo funcione correctamente.
El almacén era inmenso, y abrirlo fue como descubrir un océano de cajas: veintitrés mil equipos apilados con precisión casi obsesiva. Henry recorrió la primera fila con la mirada, tomando notas mentales de lo que podía ser un problema de logística.
Así que según sus órdenes primero se revisaron que las cajas no estuvieran dañadas y el resultado una hora después fue bastante satisfactorio.
—Solo cinco unidades parecen faltar del inventario, así que vamos a registrarlas y continuar —dijo uno de los hombres a cargo—. Vamos a colocar diez mesas de trabajo. Allí probaremos aleatoriamente las computadoras para asegurarnos de que estén funcionales.
Henry asintió y el equipo se puso manos a la obra con rapidez. El sonido de teclados, destornilladores y clics metálicos llenaba el ambiente. Henry caminaba entre las mesas, observando cada movimiento, evaluando cada gesto de los técnicos. Su mirada era intensa, y reflejaba tanto preocupación como concentración.
Después de la primera ronda, uno de los técnicos levantó la voz, llamándolo.
—Señor Sheppard, disculpe, pero creo que necesita venir —dijo, con expresión seria.
Henry se acercó y el técnico le mostró el resultado de su análisis, con ojos bien abiertos y preocupados.
—Quizás solo fue un error de producción —dijo el hombre con cierto titubeo, pero antes de que Henry pudiera preguntar más, otro técnico, visiblemente frustrado, intervino:
—¿Qué fue un error de producción?
—A esta computadora le falta la Placa Madre —explicó Henry con tranquilidad, una que se le acabaría muy pronto cuando el otro técnico respondió con incredulidad:
—La computadora que estoy revisando tampoco tiene Placa Madre.
Un murmullo recorrió el almacén mientras todos los técnicos levantaban la cabeza hacia su jefe y uno tras otro confirmaban lo mismo.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: EL ÚLTIMO BESO... ANTES DEL DIVORCIO