CAPÍTULO 60. Un empujón hacia la ruina.
Rebecca observó las computadoras alineadas sobre las mesas, con la mirada fija en los técnicos que abrían cada carcasa con cuidado.
—Henry… yo no sé mucho de informática, pero… ¿no se supone que las computadoras deberían estar completas? —lo increpó y él hizo un gesto de mudo asentimiento, caminando a su alrededor con esa mezcla de autoridad y tensión que siempre le imprimía un aura de control.
Su mirada se detuvo en las máquinas mientras hablaba:
—Eso es exactamente lo que pasa, Rebecca. —Hizo una pausa, dejando que el peso de sus palabras se asentara—. A ninguna de esas máquinas debería faltarles ni una sola pieza.
—¡Pues espero que no insinúes que yo se las quité! —dijo mirándolo con desconfianza porque no sería la primera vez que Henry la acusaba de algo que no era su culpa.
Pero antes de que él respondiera, uno de los técnicos de Henry, un hombre alto con gafas, alzó la voz mientras sostenía una de las computadoras en la mano:
—De hecho, todas las máquinas tienen el sello de garantía intacto—informó con seriedad—. Eso significa que así salieron de la fábrica, tal cual.
El comentario dejó a Rebecca momentáneamente sin palabras. Miró a Henry, buscando una reacción, un indicio de culpabilidad o explicación. Pero él mantenía la misma expresión concentrada de cuando estaba tratando de desenredar un negocio.
—Entonces… ¿por qué venderías veintitrés mil unidades incompletas? —preguntó finalmente yHenry suspiró, apoyándose ligeramente sobre el borde de la mesa.
—Ese es el problema —dijo, con voz grave—. Que yo no las vendí incompletas.
Por un segundo Rebecca dejó que la incredulidad se mezclara con la determinación. Luego volvió la mirada hacia sus informáticos y ordenó:
—Necesito veinte personas más aquí. Tenemos que revisar hasta la última unidad.
Henry dio la misma instrucción a su equipo, y una hora después, mientras los nuevos técnicos se integraban, Rebecca y Henry se mantuvieron a un costado del edificio, observando cómo todos trabajaban. La tensión era palpable; cada computadora abierta revelaba más preguntas que respuestas.
—Si un comprador hubiera movido esta mercancía en lugar de dejarla en un almacén, me habría arruinado por completo —murmuró Henry de pronto, con la vista perdida en la operación.
Rebecca lo miró de reojo y se dio cuenta de que realmente estaba pagando su karma, porque era obvio que alguien se la había jugado.
—Bueno… si estás dispuesto a sacar tus informes de producción, quizás una experta en auditorías pueda revisarlos.
Henry parpadeó, sorprendido por aquella voluntad de ayudar que no esperaba, pero no demoró ni diez segundos en asentir.
Henry bajó la mirada tragándose la impotencia y la imposibilidad de contestarle, y Camilo pasó a su lado, palmeando su hombro.
—Venenosa pero certera, así que te aguantas —murmuró antes de dirigirse a la muchacha—. Yo no sé de auditorías, pero soy un chismoso con imaginación, déjame ayudarte —le pidió Camilo.
—¡Claro que n…! —iba a protestar ella hasta que Rebecca le hizo un guiño sugerente—. Está bien, mejor colaboramos. Yo trabajo y tú… no tocas nada. ¿Te parece?
Camilo asintió con entusiasmo y Seija, en su ánimo de espía encubierta recién designada, no se atrevió a rechazarlo. Así que se apropiaron de una de las mesas y comenzaron a revisar todo el papeleo, concentrándose con una diplomacia que sorprendió incluso a Rebecca.
Mientras tanto, Henry se dirigió a una cafetería cercana y regresó con dos tazas para llevar. El aroma del café recién hecho hizo que Rebecca mirara en su dirección, y no rechazó una de las tazas cuando él se la ofreció.
—Sé que tú no tienes nada que ver con el problema de las piezas faltantes —dijo Henry con tono suave—. Sé que no habrías tratado de arruinarme así…
Rebecca tomó el café entre sus manos, sintiendo el calor que se filtraba hacia sus dedos. Sus ojos se encontraron con los de Henry, y por un instante, todo el estrés y la tensión del día parecieron desvanecerse.
—Nadie necesita arruinarte, cariño —le dijo sin una pizca de antagonismo—. Por el camino que va tu empresa, no te queda mucho tiempo antes de que los verdaderos problemas te alcancen —murmuró casi con lástima—. Tú siempre has tenido sanguijuelas que te sangran más que cualquier mala inversión.

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