CAPÍTULO 61. El enemigo en casa
¿Y cómo exactamente iba a rebatir eso? Henry no podía, porque incluso de sus malas inversiones había podido recuperarse, pero no del dinero que sus “seres queridos” le había hecho perder últimamente.
—Sé que te refieres a mi familia —murmuró, pasándose la mano por la nuca, incómodo—. Y tienes razón, es algo que se me fue completamente de las manos.
Rebecca ni lo miró; se limitó a cruzar los brazos y seguir con la vista fija en las mesas de trabajo.
—No se te fue de las manos, Henry —replicó, con calma pero con filo en las palabras—. Simplemente creías que era otra persona la que gastaba tu dinero.
—Pero antes no era así, antes no…
—Antes mi padre tenía limitadas las tarjetas corporativas, antes mi padre no dejaba que se gastaran más diez mil dólares sin su expresa autorización, antes… nadie podía chuparse tu dinero como empezaron a hacerlo después de que mi padre fue incriminado y enviado a la cárcel —replicó Rebecca y Henry despegó los labios para contestar, pero acabó tragándose cualquier respuesta.
A su mente vinieron los gastos corporativos de esos años, su empresa había despegado como nunca y era cierto, no solo por todo el dinero que entraba sino por todo el dinero que lograba mandar a reinversión. Así que lo peor de todo era que ella tenía razón, y los dos lo sabían.
Ese silencio incómodo se instaló entre los dos, y lo único que hicieron fue volver a concentrarse en el asunto de las computadoras.
Pero pasaron al menos dos horas antes de que Seija se acercara a ellos, con la cara seria; y detrás venía Camilo con una expresión igual de poco alentadora. Rebecca los vio aproximarse y supo que las noticias no serían buenas.
—Por más que me gustaría contarles algo claro —empezó Seija, señalando el fajo de papeles sobre la mesa—, necesito mucha más información de parte de la empresa de Henry. Es evidentemente un desvío de recursos, pero si quieres saber cómo y de quién…
Camilo dio un paso adelante, directo como siempre:
—Mira, Henry, quien sea que haya hecho esto lo hizo desde dentro de tu empresa —declaró con un gesto rápido—. Y podemos resolverlo esta misma noche, sin alertar a nadie. Podemos ir cuando la sede esté vacía y revisar nosotros mismos cada reporte de la fábrica.
Rebecca soltó un suspiro largo, como quien carga un peso que no le corresponde.
—Entonces lo dejo en sus manos —dijo, cansada, pero Seija la frenó enseguida con una mano en el brazo.
—No, Becca. Esto no lo podemos dejar en manos de otros. —Sus ojos brillaban con una mezcla de astucia y determinación—. Se trata de un desvío de dinero muy grande. Yo quiero que tú y yo estemos ahí personalmente cuando se revisen esos informes, para ver a qué cuenta se desvió.
Y junto a ella Camilo, con tono más conciliador, añadió:
—Seija tiene razón, eso es lo mejor. Transparencia total. Recuerda que ya has sido demasiado incriminada antes, y aquí lo último que necesitamos son más sospechas.
Rebecca miró a Henry, que parecía querer abrirse él mismo un hueco y enterrarse, y al fin asintió despacio, consciente de la trampa que siempre la rodeaba.
—Está bien —aceptó girándose hacia Seija—. Pero dime, ¿qué tan grave es el desfalco?
Y su amiga no dudó.



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