CAPÍTULO 63. Luchar por la persona equivocada
Quizás eso era peor que el desafío y que la culpa: Saber que ella no quería tocarlo más.
Una mano de Henry fue a sostener su cara con firmeza, aquellos dedos grandes cubrieron su barbilla y sus mejillas, mientras sus ojos oscuros la miraban intensamente. La respiración de ambos se volvió pesada, compartida, violenta, como si el espacio entre ellos se hubiera reducido a un hilo invisible de tensión y recuerdos.
—Lo estaré sintiendo por el resto de mi vida —gruñó Henry con una impotencia que solo era contra sí mismo—. No te vi… no quise verte… fui egoísta, estúpido y malo contigo...
Rebecca se quedó paralizada, incapaz de articular palabra. Su pecho subía y bajaba rápido, y el corazón le palpitaba con fuerza, golpeando sus costillas como si quisiera salir a gritar por ella. Sentía que un nudo en su garganta la hacía contener la respiración, como si soltarla fuera a romper todo a su alrededor.
—Nunca vi a la mujer que tenía delante. —La voz de Henry era ronca como una maldita caverna, y sentía su aliento dulce sobre su boca—. Elegí ver a la que otros me decían que eras… y eso fue mi culpa. Lo siento, ¿entiendes? ¡Lo siento, y aunque sé que es una mierd@ decirlo ahora, daría lo que fuera por volver dos años atrás.
Rebecca finalmente abrió los labios, intentando respirar entre las palabras y aquel vértigo de emociones que le golpeaba la cabeza.
—Suéltame —dijo con firmeza mientras su tono adquiría un matiz venenoso—. Sé muy bien que desde que Julie Ann se instaló en la mansión como tu mujer, el puesto de amante se te quedó vacío. ¡Pero estás muy equivocado si crees que yo voy a ocuparlo!
Henry no apartó la mirada; al contrario, se acercó un poco más, casi rozando sus labios. Su respiración se mezclaba con la de Rebecca, y un calor frustrante se adueñaba de su garganta. La tensión entre los dos era como un imán que los atraía sin dejar espacio para la razón.
—Lo sé —murmuró él, con un hilo de voz grave y tenso—. No se me ocurriría ni soñarlo. Pero la vida me está dando una paliza, enseñándome que elegí a la persona equivocada y...
Rebecca lo miró fijamente y su mano fue a sujetar la muñeca de Henry.
—Y yo lo siento por ti —dijo con frialdad—, pero eso dejó de ser mi problema el mismo día que nos divorciamos.
Henry cerró los ojos un instante, dejando que su mano se despegara lentamente de la mejilla de Rebecca. Y cuando volvió a abrirlos, estaba más calmado, pero seguía cargando con el peso de sus palabras y su arrepentimiento. Dio dos pasos atrás, asintiendo lentamente como el hombre que pelea por encontrar la resignación ante un desastre.
—Eso es cierto —dijo—. Pero solo para que lo sepas: Julie Ann no vive en mi casa y ya no es nada más que la madre de mi hijo.
Rebecca ni siquiera pudo evitar que sus ojos se abrieran con sorpresa, porque estaba realmente impactada.
“¡Joder si hubiera sabido que divorciarme era todo lo que necesitaba para que se alejara de la zorra, lo habría hecho mucho antes!”, gruñó mentalmente, pero todo lo que salió de su boca fue un suspiro con una mezcla de ironía y frustración.
—Qué pena —murmuró—. Tantos años de luchar por ella, para tirarlo todo por la borda en un par de semanas.


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