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EL ÚLTIMO BESO... ANTES DEL DIVORCIO romance Capítulo 64

CAPÍTULO 64. Un divorcio injusto

El silencio en la oficina se volvió denso. Todos miraban a Henry esperando que hablara, y hasta el zumbido de los fluorescentes parecía incomodar. Nadie se movía; solo el crujido ocasional de una silla recordaba que había cuatro personas allí conteniendo la respiración.

Henry se pasó una mano por la nuca, como si necesitara un segundo para ordenar sus ideas.

—Nunca me causó interés su renuncia —dijo con la voz grave—. No tenía idea de que faltaban esas piezas en las máquinas así que cuando dijo que quería irse… no me importó.

El tono no era de defensa, sino de alguien que recién se daba cuenta de lo hondo del problema. Sus ojos se clavaron en Seija, buscando la frialdad de sus cálculos, como si solo ella pudiera poner números a ese desastre que ya lo estaba ahogando.

—¿De cuánto es la merma? —preguntó, directo, con un nudo formándose en la garganta.

Seija se inclinó hacia los documentos que había dejado en una esquina de la mesa, y el papel crujió bajo sus dedos, como si el mismo expediente protestara.

—Más de cinco millones —respondió—. Eso es lo que costaría ponerle placas madre a las veintitrés mil unidades.

Camino soltó un silbido bajo, incrédulo, y el rostro de Henry se ensombreció como si le hubieran arrojado encima un balde de agua helada.

—Algo tuvo que pasar con esas piezas —siseó Camilo de repente—. Se fabricaron ¿no? Entonces no pudieron desaparecer. Además, el precio de venta en el mercado es alto, demasiado alto para que alguien lo colocara fácilmente. No se venden veintitrés mil placas madre en cualquier esquina. Tiene que haber ido a un gran consumidor.

Henry levantó las cejas y su mirada oscilaba entre la incredulidad y la rabia contenida. Pero aun así se limitó a apretar los puños contra la mesa, con los nudillos blancos de tensión.

—Contrataré investigadores privados para ver qué sucedió con eso —dijo al fin, como quien dicta una sentencia que no admite réplica, y Camilo chasqueó la lengua, apoyándose contra el respaldo de la silla. El gesto era de fastidio, pero también de cierto reconocimiento: al menos Henry no pensaba quedarse cruzado de brazos.

—De momento, ten en cuenta que todos los que trabajaban en el departamento de calidad en ese entonces son sospechosos —le advirtió—. El jefe de calidad firmó los reportes, pero a alguien tuvo que hacérsele raro en la línea de producción el hecho de que esa pieza no se ensamblara. Alguien tuvo que preguntar, y si alguien preguntó, ese alguien seguramente fue despedido.

—En eso puede tener razón —murmuró Seija mirando a Camilo y Henry asintió como si hubiera anotado mentalmente la idea.

—Buscaré la lista de empleados —afirmó—. Me encargaré de interrogar uno por uno. Pero eso no resuelve el problema inmediato.

Se volvió hacia Rebecca, que había permanecido en silencio, observando cada movimiento con los brazos cruzados, y una mirada más incisiva que un bisturí.

—Necesitamos solucionar el asunto de las placas madre faltantes —declaró Henry—. Me encargaré de rehabilitar todas las unidades antes de contactar a posibles compradores.

Rebecca frunció ligeramente el ceño. Dudó apenas un segundo, como si dentro de ella hubiera una lucha invisible entre lo práctico y lo emocional, pero terminó asintiendo despacio.

—De acuerdo —dijo con calma—. En ese caso supongo que no tenemos nada más que hacer aquí.

Su voz era firme y el brillo en sus ojos mostraba un cansancio acumulado, pero terminó por girarse hacia Seija y Camilo.

—¿Pueden dejarnos a solas un momento? —pidió.

Ambos intercambiaron una mirada rápida, cargada de suspicacia, pero obedecieron sin protestar. La puerta se cerró con un golpe seco, dejando un silencio nuevo, más íntimo, más peligroso. Rebecca se quedó frente a Henry, con esa expresión de la que no se escapaba ni un destello de humanidad.

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