CAPÍTULO 65. Recuerdos intensos
El corazón le latía tan fuerte que Rebecca sentía que se le saldría del pecho. Ella y Seija salieron de la empresa de Henry en silencio, caminando rápido como si quisieran dejar atrás no solo el edificio sino también todo el peso de lo que acababan de descubrir. Afuera, el aire frío de la noche las recibió con un golpe seco en el rostro. Rebecca se subió el cuello de la gabardina, mientras Seija apretaba el volante entre sus dedos.
—Vámonos a mi departamento —dijo con ese tono práctico que usaba cuando no quería discutir más.
Una media hora después, estaban sentadas en el sillón gris del apartamento, rodeadas de hipótesis, tazas de café tibio y ganas de destruir el mundo. Rebecca tenía los ojos brillantes, aunque no por el cansancio. Había algo distinto en ella: un fuego contenido, un plan que empezaba a tomar forma.
—Henry me ofreció el sesenta por ciento de su empresa —soltó de golpe, como quien arroja una bomba sobre la mesa.
Seija parpadeó, y el silencio duró apenas un segundo antes de que soltara una carcajada breve, incrédula.
—¡Ni se te ocurra rechazarlo! —dijo con firmeza—. ¿Tienes idea de lo que significa eso?
Rebecca se recostó contra el sillón, cruzando una pierna sobre la otra. Sus dedos jugaban con el borde de la taza, pero su expresión era fría, calculadora.
—Lo sé. Que esto le está pegando más fuerte de lo que ninguno de nosotros pensó. Pero hay algo más importante en lo que enfocarnos ahora: el relanzamiento de Industrias Callaway.
Seija la miró con un brillo distinto en los ojos, como si esa sola frase le devolviera sentido a todo.
—¿Y va a ser el retorno de tu padre a la sociedad neoyorquina? —preguntó con un rastro de expectación en los ojos.
—Eso espero —respondió Rebecca, y en su voz había un tono que mezclaba orgullo con desafío.
Y la vida siguió, los negocios siguieron, hasta que dos días después el sonido del teléfono rompió la rutina de su oficina. Rebecca estaba revisando los últimos detalles del evento cuando escuchó la voz de su asistente, un poco nerviosa:
—Señora Callaway, el señor Henry Sheppard está pidiendo una cita
Rebecca apretó los labios, pensativa.
—Dile que puedo verlo aquí en la oficina en media hora —respondió, ajustándose la blusa como si la sola mención de Henry exigiera una postura más firme.
Y él no se hizo esperar ni un minuto más del previsto. Cuando llegó, el ambiente se tensó de inmediato. Henry entró con paso lento, llevando bajo el brazo una carpeta gruesa. Sus ojos la recorrieron con esa mezcla de respeto y cautela que últimamente lo dominaba frente a ella.
—Aquí están los documentos del traspaso de acciones —dijo, extendiendo la carpeta sobre el escritorio impecable de Rebecca—. Tu abogado puede revisar la validez, por supuesto.
Rebecca asintió mientras la abría y revisaba que en efecto le había entregado el sesenta por ciento de sus propias acciones. Más de cincuenta millones en acciones por una orden de cinco. Y mientras ella se quedaba pensativa viendo su firma en el papel, la mirada de Henry se desvió hacia varias invitaciones impresas que había encima de la mesa de Rebecca: Sobres elegantes con detalles dorados que brillaban bajo la luz.
—¿Estás preparando? —preguntó, señalando las tarjetas—. Tu cumpleaños no está cerca… —Y ni siquiera supo cómo se había acordado de eso.
Rebecca sonrió apenas, como si hubiera estado esperando esa pregunta.
—Es el relanzamiento de Industrias Callaway —contestó.
Henry se quedó un instante en silencio, sorprendido, y arqueó las cejas.


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