CAPÍTULO 66. Un regalo por el pasado.
La noche de Nueva York se había vestido de gala. El recién estrenado edificio de Industrias Callaway brillaba como pocas veces lo había hecho, con focos estratégicos iluminando la fachada de vidrio y acero. Una alfombra roja se desplegaba desde la entrada principal hasta la acera, bordeada por arreglos de flores blancas y doradas. El aire estaba frío, pero la expectativa de la velada mantenía a todos los presentes calientes de entusiasmo.
Rebecca bajó de la limusina con paso seguro, y el sonido de sus tacones resonó contra el pavimento como una declaración de poder. Llevaba un vestido negro ceñido, sencillo pero imponente, acompañado de una capa corta que ondeaba con el viento. A su lado, Seija, con un vestido verde esmeralda, irradiaba una elegancia sobria que contrastaba con su habitual carácter mordaz.
—Respira, querida —susurró Seija con media sonrisa mientras avanzaban hacia la entrada—. Esta noche todos se van a rendir a tus pies.
Rebecca no respondió, pero su leve inclinación de cabeza fue suficiente. No estaba allí para impresionar, sino para recuperar lo que alguna vez había sido suyo, y de su padre.
Los flashes de las cámaras comenzaron a estallar cuando ambas se situaron en la entrada del evento. Una tras otra, las personalidades más influyentes de la ciudad comenzaron a llegar: empresarios, políticos, filántropos. Todos estrechaban la mano de Rebecca, la felicitaban con frases rimbombantes y le recordaban que el apellido Callaway aún pesaba en Nueva York.
—¡Usted no tiene idea de cuánto! —murmuraba Rebecca, porque sabía que la aparición de su padre esa noche sería la sorpresa mayor para la audiencia.
El murmullo de admiración se mezclaba con la música de un cuarteto de cuerdas en el interior. El vestíbulo estaba decorado con lámparas colgantes y el ambiente olía a champaña y a perfume caro.
Rebecca mantenía una sonrisa impecable, aunque por dentro sentía el peso de cada mirada. Sabía que esa noche no era solo una celebración: era un examen.
Cuando de repente, en medio del flujo de invitados, distinguió dos figuras familiares que se abrían paso entre la multitud. Su corazón se tensó, aunque su rostro no lo dejó traslucir. Henry y Camilo avanzaban juntos, los dos vestidos de traje oscuro, elegantes y un poco peligrosos. De pronto se volvía a hablar de ellos como de dos solteros codiciados, porque a fin de cuentas esa era la imagen que estaban proyectando.
Camilo saludó primero a Seija con un gesto educado que ella respondió con frialdad. Henry, en cambio, entregó su invitación VIP al encargado y luego caminó directamente hacia Rebecca. No pudo evitar que la boca se le secara. Estaba hermosa en un nivel difícil de describir.
—Buenas noches —dijo con voz firme, inclinándose apenas hacia ella—. Felicitaciones por el evento, de verdad parece… espectacular.
—Gracias —respondió ella con la misma cortesía con que les respondía a todos—. Adelante.
Pero justo en ese momento y movimiento de Henry la detuvo.
—¿Podría hablar contigo un momento? Es importante.
Rebecca lo evaluó con una mirada rápida, intentando descifrar si se trataba de otro de sus juegos. Pero verlo solo, sin Julie Ann, sin familia, le hizo asentir con un gesto seco.
—Está bien. Vamos.
Caminaron juntos por los pasillos decorados hasta una de las salas privadas, donde el bullicio de los invitados quedaba amortiguado por la puerta cerrada. El contraste con el exterior era fuerte: allí adentro, apenas había unas luces suaves y el silencio era envolvente.
Rebecca cruzó los brazos, inclinando la cabeza.
—Dime, Henry… ¿ya te estás arrepintiendo de darme las acciones por nuestro divorcio?
Él negó despacio, con una calma que parecía ensayada.



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