CAPÍTULO 67. Una mentira en el aire
Rebecca salió de la salita con paso firme, aunque por dentro sentía que se le tambaleaba el suelo.
Henry jamás había tenido con ella semejante detalle, y ¿lo tenía ahora, después de dos años, después de que ya estaban divorciados?
El murmullo del salón principal la hizo concentrarse de nuevo apenas cruzó la puerta. Los invitados conversaban animados, ajenos a lo que había ocurrido en la pequeña sala privada. Las luces doradas iluminaban los rostros sonrientes y los brindis con copas altas, y ella intentó recuperar la compostura como si nada hubiera pasado.
Henry venía tras ella, con el corazón en un puño y decidido a alcanzarla porque para él aquella conversación no había terminado, pero antes de alcanzarla, Seija se interpuso con un gesto serio.
—Rebecca —dijo, arrugando el ceño y mostrándole una tableta llena de nombres tachados—, uno de los organizadores me acaba de avisar que se registró dos veces la invitación a nombre de Sheppard. Y tú misma me dijiste que estuviera atenta a cualquier irregularidad que hubiera con eso.
Rebecca se giró hacia Henry con una chispa de curiosidad en los ojos, pero en los de él había algo más, incredulidad, molestia, consternación y sospechas, muchas sospechas.
—¿No me habías dicho que no te llegó ninguna invitación? —lo increpó Rebecca y Henry levantó las manos, desconcertado.
—Y no llegó. No te estoy mintiendo, Rebecca. Yo nunca la recibí.
—Pero la asistente sí la envió, estoy segura —intervino Seija.
Rebecca apretó la mandíbula mientras los hilos comenzaban a desenredarse en su cabeza.
—Entonces… ¿quién se quedó con ella?
Un silencio pesado cayó entre los tres, hasta que Rebecca dio un paso hacia Seija y le habló en voz baja, con un temblor apenas perceptible, para que solo ella pudiera escucharla.
—Mi padre, Sei. ¡Mi padre está aquí!… ¿Y si ya saben que salió de la cárcel y le quieren a hacer algo?
Seija la miró con temor, pero Rebecca no le dio tiempo de responder. Su respiración se aceleró, mientras un nudo de miedo le cerraba la garganta.
—Voy con él —dijo con determinación.
—¿Tienes todo lo que necesitas? —preguntó Seija, casi en un susurro.
Rebecca se llevó una mano al pecho, sintiendo el peso de la gargantilla sobre su piel y asintió con un gesto rápido.
—Sí.
Sin más, salió corriendo hacia el pasillo lateral, ignorando a los invitados que volteaban a mirarla. Henry la vio alejarse y se volvió hacia Seija con los ojos entrecerrados.
—¿Qué está pasando?
—Nada que tengas que saber —contestó ella, tajante y si no hubiera sido por Camilo, que se metió en medio, Henry habría perdido la paciencia.
—Escúchame bien. Si no me dices qué ocurre, no puedo ayudarla —increpó a Seija, pero ella lo fulminó con la mirada.
—¡Rebecca no quiere que la ayudes! ¡No lo hiciste en dos años… ahora no tiene sentido!
Las palabras fueron un golpe directo y Henry respiró hondo, sintiendo que la sangre le hervía, pero era más de miedo que de rabia. Algo estaba pasando, algo que tenía que ver con él, y necesitaba saber qué era.
—No me importa lo que quiera —replicó—. No voy a quedarme cruzado de brazos.
Y sin esperar respuesta, salió corriendo por el mismo pasillo por donde había desaparecido Rebecca.
Ella, por su parte, avanzaba apresurada por los corredores, sorteando a dos meseros que salían de la cocina y buscando con la mirada las escaleras que llevaban a la oficina donde su padre estaba esperando para hacer su presentación.
—¡Oh, sí! ¡Sí quiero que Henry vea! —replicó Julie Ann, con voz venenosa—. Quiero que lo vea todo porque estás olvidando algo: Henry siempre me cree a mí.
Rebecca sintió un escalofrío recorrerle la espalda y Julie Ann dio un paso hacia el borde de la escalera.
—¿Y si Henry supiera que me empujaste y que por eso perdí a nuestro hijo? ¿Sabes lo que hará? —preguntó y el grado de locura en sus ojos hizo que Rebecca alzara la voz—. ¡Te mandará a la cárcel de una vez por todas!
—¡No te atrevas! —le gritó.
—¡Mírame hacerlo! —replicó Julie Ann antes de dar un paso atrás al mismo tiempo que sus dedos se cerraban sobre la gargantilla de Rebecca.
El cierre se rompió con un chasquido metálico y Rebecca apenas pudo extender la mano sin lograr alcanzarla. Julie Ann rodó sobre treinta escalones con su collar en la mano, golpeando los peldaños con un estrépito que retumbó en el pasillo.
Rebecca permaneció inmóvil en lo alto de la escalera, con el pecho agitado y los ojos clavados en la figura que caía.
El eco de los gritos…
El ruido seco de los impactos…
Henry paralizado en la entrada del corredor…
Rebecca lo vio alzar la vista con el rostro desencajado, y fue como un deja vú.
Una nueva mentira estaba en el aire… una nueva mentira para destruirla… y él iba a creerla otra vez.

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