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EL ÚLTIMO BESO... ANTES DEL DIVORCIO romance Capítulo 68

AMOR EN TIERRAS SALVAJES. CAPÍTULO 68. Una luna y un cohete

Chelsea se quedó mirándolo apenas un segundo. Le tembló apenas la barbilla, como si estuviera librando una guerra silenciosa consigo misma, y luego se dio la vuelta con brusquedad. Caminó cuarto adentro, con las manos apretadas, los hombros rígidos, sin decir una sola palabra.

Carter sintió que el piso se le abría bajo los pies. Hubiera preferido una bofetada, un grito, cualquier cosa, antes que ese silencio helado, y la siguió con el corazón metido en la garganta.

Ella cruzó la estancia, entró al baño y salió enseguida con un cepillo de dientes nuevo aún en su estuche y un tubo de pasta; y se los alargó como si fueran pruebas de laboratorio.

—¡Ni sueñes con besarme con la misma boca con la que besaste a la zorra de Léa! —exclamó clavándole la mirada en los ojos.

En ese momento a Carter se le rompió algo y, paradójicamente, se le acomodó otra cosa. En esa furia reconoció vida, reconoció que todavía quedaba algo entre ellos que podía salvarse. Notó cómo, en ese mismo segundo, le volvía el alma al cuerpo.

—Entonces dame eso —respondió con una media sonrisa derrotada, tomando el cepillo—. Voy a lavarme como si mi vida dependiera de ello.

—¡Y depende! —replicó ella—. ¡Puedes jurar que dep…!

Pero no pudo terminar, por que con esa misma mano Carter tiró de ella para encontrar su boca con el beso más hambriento, urgido y hermoso que se habían dado jamás.

—¿Crees que no me lavé ya la boca como un millón de veces? —murmuró contra sus labios—. Y si no te alcanza, lo hago otra vez.

Chelsea cerró los ojos, tratando de no sonreír; pero lo miró con un gesto que mezclaba ternura y reproche.

—¿Cómo lo supiste? —preguntó él rodeándola con un abrazo apretado y posesivo—. O mejor dicho. ¿Siempre supiste que te estaba engañando con lo de Léa?

Chelsea se echó hacia atrás y acarició su rostro despacio.

—Haces un gesto ridículo con la nariz cuando algo te da asco —explicó, señalándole el puente—. Como un conejo enojado. Lo hiciste mientras besabas a Léa. Lo vi. Y ya no pude “des—verlo”.

Carter soltó una exhalación media risa, medio lamento.

—Merezco que te burles hasta el próximo siglo —admitió.

—¡Y que te pegue hasta el próximo siglo, porque eso no te hace menos idiota! —replicó, aunque un brillo le cruzó la mirada.

—Solo quería protegerte —murmuró acariciando el vientre de Chelsea antes de apoyar la frente en la suya—. Perdón —dijo, y la palabra le salió ronca—. Tenía que hacer ese teatro. Tenía que alejarte para cuidarte a ti y al bebé. Era la única forma de que Léa cayera en la trampa. Me partió el alma, Chels, pero lo hice por ustedes.

Ella bajó la mirada y respiró lentamente, como quien suelta de a poco un peso demasiado grande.

—Lo sé —contestó—. No voy a mentirte: me dolió. Mucho. Y tuve miedo. Pero después del accidente con el árbol… sentí que estaba en peligro. Sentí que todo iba a estallar y que era por el embarazo. Tenía pánico de que pasara algo y lo vi en tus ojos, vi que tú también lo tenías.

Carter la estrechó con más fuerza.

—Ya pasó —susurró—. Ya todo pasó.

—¿Léa? —preguntó Chelsea y lo vio tragar con rabia.

—Léa está muerta. Y mi familia está en la cárcel —respondió Carter—. Te lo contaré con más calma luego pero… la versión corta es que ella ayudó a matar a Emily cuando supo que estaba embarazada.

Chelsea se cubrió la boca con una mano.

—¡Dios!...

—Pagó como debía —siseó Carter tratando de espantar todos los malos pensamientos—. Tú y nuestro hijo están seguros ahora

Chelsea parpadeó, con esa mezcla de alivio y pena que aparece cuando una buena noticia llega después de una mala racha.

—Eso es genial —dijo con una media sonrisa cansada—. Pero aun así, quiero pasar el resto del embarazo y el nacimiento del bebé en Nueva York. Mi mamá, Rebecca, Henry… los necesito cerca. No quiero arriesgar nada.

Y Carter no dudó ni un segundo.

Carter se dejó abrazar como un niño.

—Gracias.

—¡Pero no te la vas a llevar a…!

—¡Nos quedaremos en Nueva York! —anunció él apresurado antes de que le repitieran que Chelsea no se movería—. Hasta que nazca el bebé. Y lo que venga después… lo decidiremos juntos.

Carlota palmoteó el aire.

—Listo. Tema zanjado. ¿Alguien quiere té? —preguntó, como si acabara de cerrar un consejo de guerra.

Media hora después todos asaltaban a Carter a preguntas, queriendo que les contara todo lo que había pasado sin omitir nada, mientras Chelsea, de pie junto al ventanal, se acariciaba suavemente el vientre y miraba a su alrededor. La sala olía a hogar: a madera limpia, a flores frescas, a sopa reciente, a gente que se quiere incluso cuando se quiere matar.

El corazón se le aflojó por fin, y Carter se acercó por detrás, le rodeó la cintura y apoyó la barbilla en su hombro.

—¿Lista para una casa nueva? —preguntó en voz bajita—. Porque necesitamos una casita para nosotros dos.

—Lista —respondió ella—. Pero con calma. Nada de decisiones en piloto automático. Quiero un lugar con luz, con silencio, con parque cerca. Y sin vecinos chismosos.

—Eso en Manhattan se llama milagro —intervino Henry—. ¿Por qué simplemente no se quedan aquí?

—Porque quieren follar a gusto.

—¡Rebecca!

—¡Uy, perdón, florecita! ¿Te ofendí? —Rebecca se llevó las manos a las mejillas fingiendo espanto—. Quise decir, que Carter quiere polinizarla a gusto. ¿Mejor así?

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