CAPÍTULO7: Planes en las sombras
Rebecca se acomodó en el asiento trasero del taxi mientras la ciudad se desdibujaba al otro lado de la ventanilla. El auto avanzaba por calles estrechas, flanqueadas por árboles antiguos y casas que parecían detenidas en otra época. La última parada fue una reja negra con pintura descascarada y un portón que crujió al abrirse.
La propiedad Callaway se levantaba modesta entre un jardín descuidado y muros cubiertos de hiedra. No era la más grande, ni la más lujosa de todas las que figuraban en la lista de inmuebles de su padre, pero justamente por eso era perfecta para lo que necesitaba ahora: un lugar donde pasar desapercibida.
El taxi se detuvo con un ligero chirrido de frenos y Rebecca bajó con su pequeña maleta de cuero gastado, sintiendo cómo el aire fresco de la mañana le pegaba en la cara. La puerta de la casa se abrió antes de que tocara el timbre y allí estaba su padre, con esos brazos abiertos en los que no se refugiaba desde hacía dos años.
Curtis Callaway estaba más delgado de lo que recordaba, con el cabello más blanco, pero con esos mismos ojos que, al verla, se iluminaron como si el tiempo no hubiera pasado.
No hubo palabras al principio. Él salió al porche, bajó un escalón y la abrazó. Y si hasta ese momento Rebecca había aprendido a llorar en silencio, dejó que las lágrimas corrieran sin esconderse. Hundió la cara en el hombro de su padre y respiró el olor familiar a madera, a tabaco suave y a un leve toque de colonia antigua.
—Estás aquí —murmuró Curtis, apenas separándose para mirarla.
Su voz sonaba ronca, como si hubiera esperado demasiado para decirlo; y Rebecca de verdad intentó sonreír, pero su gesto quedó a medio camino, atrapado entre el alivio y la tristeza.
—Sí, papá.
Los ojos de Curtis se movieron de su rostro a la maleta; y el brillo afectuoso se tensó, como si una sombra pasara por encima.
—¿Y Henry? —preguntó, con esa voz grave que no necesitaba subir de tono para imponerse.
Rebecca pasó saliva y negó.
—No… no vine con él.
Curtis frunció el ceño, evaluando todo lo que no le decía, y aquel gesto de rabia sin disimular hizo que Rebecca sujetara su brazo…
—Papá, no…
—No tienes que decirme nada. Veo todo en tus ojos, hija —afirmó, casi como una sentencia—. No necesito saber más.
Ella suspiró, sintiendo que las palabras se le pegaban en la garganta, mientras entraban a la casa con paso suave.
—No puedo culparlo por no amarme. Yo ya lo sabía.
Pero su padre negó con la cabeza con un movimiento decidido.
—¡Yo confié en Henry para que te protegiera! No tenía que amarte, Rebecca, pero sí cuidarte… ¡y no hacerte sufrir! —Su voz se endureció—. ¡Por eso lo libré de pasar dos años en la cárcel conmigo!
Rebecca parpadeó, sorprendida de que lo dijera con tanta franqueza, como si ya no hubiera nada que perder.
—Papá…
—¡No, hija! —Curtis levantó una mano para cortar cualquier intento de defensa—. El amor es opcional. La lealtad, no.
Curtis asintió, satisfecho de verla con esa determinación que tanto le recordaba a su difunta esposa, y por un momento, el orgullo suavizó las líneas duras de su rostro.
Ya toda su fortuna estaba de nuevo en sus manos, la que todos conocían y mucha más, mucha que nadie imaginaba; y con eso podía conseguir más que una simple venganza para su hija y para él.
Esa noche, en su habitación, Rebecca se sentó en el borde de la cama y por primera vez en mucho tiempo, se permitió llorar por Henry. Llorar sin intentar convencerse de que no le dolía. Fue un llanto silencioso, pero con la certeza de que sería el último por él, como si cada lágrima que caía vaciara un poco más el peso que llevaba en el pecho.
No imaginaba que mientras tanto, al otro lado de la ciudad, Henry caminaba por el pasillo de su mansión, pasando una y otra vez frente a la habitación que había sido suya… hasta que se detuvo. No escuchó esa risa ligera con la que ella solía salir a recibirlo, ni el sonido de su voz cantando alguna melodía distraída. No había olor a su perfume, ni la música baja que a veces dejaba encendida.
Empujó la puerta y el vacío que tanto había anhelado lo golpeó. Las paredes desnudas, la cama perfectamente hecha y a la vez la presencia de todas sus cosas… porque ella no se había llevado nada. Se quedó unos segundos allí, sin saber qué diablos hacía, hasta que el teléfono en su bolsillo empezó a sonar.
—¿Licenciado Sagan…? —murmuró y su abogado le contestó con un saludo breve.
“Señor Sheppard, quería avisarle que ya tenemos fecha para la vista de divorcio con el juez. Será en tres días.”
—¿Tan rápido?...
“Así es, la señora Callaway debe haber movido contactos importantes, así que sospecho que nos dará problemas”.
Henry se quedó paralizado, con una mezcla de sorpresa y una punzada de inquietud.
—¿Qué clase de problemas?

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