CAPÍTULO 8: Millones desaparecidos
Henry repasaba una y otra vez con su abogado las estrategias para blindar su patrimonio. La idea era clara: Rebecca no debía llevarse ni una piedra de su compañía. Sin embargo, lo que sonaba tan simple en su cabeza empezaba a enredarse en la práctica. El olor a café frío se mezclaba con el de los papeles recién impresos sobre la mesa, y el silencio de la oficina era apenas interrumpido por el ruido lejano del tráfico.
—¡Es que no hay nada aquí que sea beneficioso para ella! —exclamó el licenciado Sagan como si eso lo confundiera demasiado—. No pidió pensión, no quiere indemnización, ni propiedades ni… Nada en este contrato es beneficioso para ella, ¡solo para ti!
—¿Entonces dónde está el problema? —lo increpó Henry.
—El problema —dijo el abogado, con ese tono pausado que usaba cuando venía una mala noticia— …es la lista de gastos de los últimos dos años.
Henry levantó la vista, con el ceño fruncido.
—¿Qué pasa con esa lista?
—Es… excesiva. —Sagan carraspeó, revisando los papeles con dedos tensos—. El dinero salió de la cuenta de tu empresa y la verdad… ¡es que no sé cómo no saltaron antes las alarmas! ¡El departamento financiero debió avisarte!
Henry apoyó las manos sobre el escritorio, como si así pudiera controlar la presión que sentía en el pecho, y los nudillos se le pusieron blancos.
—¿Excesiva cuánto?
El abogado lo miró un segundo antes de soltar la bomba.
—Más de siete millones de dólares.
El silencio que siguió fue peor que una explosión. Henry se recostó en la silla, sin parpadear, sintiendo que el aire se le quedaba atrapado en los pulmones.
—No… no puede ser.
—Todos son gastos de la tarjeta que tú le entregaste. ¡Diablos, son kilómetros de papeles de recibos!
Henry se pasó las manos por el cabello y por supuesto que no tardó nada en estallar.
—¿Y de dónde rayos cree que va a sacar siete millones para pagarme? —Vociferó porque jamás había imaginado que la suma ascendiera a tanto—. ¡Esa mujer no sabe generar dinero, solo gastarlo! ¡¿Cuál es el propósito de hacer todo este show?!
El abogado se acomodó las gafas, como quien ajusta un escudo antes de recibir un golpe.
—Henry, no es tan sencillo. En un divorcio, ese gasto puede ser interpretado como parte de las obligaciones maritales…
—¡No me importa cómo lo interpreten! —lo interrumpió él, golpeando la mesa con la palma abierta, haciendo vibrar los vasos de agua—. ¡No voy a dejar que me robe! ¡No son setecientos mil dólares, son siete millones!
Sus palabras tenían veneno. No era solo enojo; era una impotencia que se había ido acumulando, gota a gota, durante meses.
Los dos días siguientes fueron una tortura para él. Fingía que todo estaba bajo control, pero no podía dejar de pensar en los malditos siete millones y en qué demonios los había gastado Rebeca. No dormía bien; pasaba la noche dando vueltas en la cama, imaginando cómo ella le sonreía y decía amarlo mientras le robaba así.
Su empresa estaba atravesando turbulencias, necesitaba liquidez, y la idea de ella derrochando en ropa, joyas y viajes le quemaba por dentro como ácido.
Pero la mañana de la vista por fin llegó, y los Sheppard estaban en la puerta de la sala de audiencias, con las expresiones convertidas en piedra.
—¡Esto es innecesario! —gruñía Carlotta—. ¡Rebecca solo hace esto para hacernos pasar vergüenza! ¡Todos van a decir que le reclamamos unas migajas!
—Claro… desde que se casó está viviendo de él ¡y ahora viene a quitarle más!
—¡Qué descaro! —comentó otro hombre, agitando la cabeza con una sonrisa torcida—. Seguro que viene por la mitad de su compañía.
Varias miradas se clavaron en ella con abierto desprecio, como si quisieran atravesarla.
—Nada que ver con Julie Ann… —murmuró una voz femenina, arrastrando las palabras—. Esa sí que es una mujer para Henry, se habría casado con ella de no ser por esa bruja.
—Exacto —añadió alguien más—. Julie Ann es un ángel, siempre tan dulce… no como esa zorra.
Los ojos de Rebecca se concentraron por un segundo en la amante de su marido, que parecía disfrutar de las buenas opiniones sobre ella.
Caminó despacio hasta llegar a su sitio, pero Henry estaba tan cerca que apenas tenía espacio para pasar a su mesa sin rozarlo. Él la miró de pies a cabeza, y una mueca de desprecio se dibujó en su rostro.
—Qué sorpresa… pensé que ibas a venir con ropa de segunda mano para dar lástima.
Rebecca levantó la barbilla con una sonrisa serena.
—Henry…
—¡Siete millones, Rebecca! ¡Siete millones! ¡Voy a cobrarte con intereses hasta el último centavo que sacaste de mi tarjeta! —soltó él, sin rodeos, y ella ladeó la cabeza, como si acabara de escuchar algo divertido y quisiera saborearlo un segundo más.
—¿Sabes qué? —murmuró acariciando su corbata con las puntas de los dedos y acercándose tanto que Henry casi podía saborear su aliento—. Me encanta esa idea.

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