CAPÍTULO 9: Una vibra diferente
El pecho de Henry se hinchó y ahí se quedó, paralizado, mientras aquella boca tan cerca de la suya le desordenaba los pensamientos. Jamás la había visto de ese color, como una cereza roja, pequeña, húmeda…
Antes, Rebecca había sido la presencia suave en las mañanas: cortesías, silencios comedidos, esa sumisión pensada para no chocar, para agradarle. Ahora, tan cercana, olía igual que siempre, parecía igual que siempre… pero vibraba de otra manera: desafiante, controlada, con una seguridad que lo mordía como un perro rabioso. Por un segundo buscó a la mujer que creía conocer, y se quedaron mirándose, como si la tensión entre ambos fuera un hilo que tiraba de los dos.
Entonces detrás de ellos se oyó un carraspeo molesto: Julie Ann. Ella, con la mano apoyada sobre el vientre, llamó la atención de Henry con una aclaración incómoda.
—¿La estás ahorcando por telepatía? —preguntó Julie Ann entono suave, pero con la alerta clara en los ojos.
—¡Uy, de formas que no te gustarían, querida! —sonrió Rebecca haciendo que Henry se pusiera colorado, y ladeó apenas la cabeza, sin quitar la vista de sus ojos—. Mejor déjeme pasar, señor Sheppard. Ya que no me fuiste fiel a mí, por lo menos evita que haya malentendidos delante de tu amante embarazada —dijo con calma, como si tirara una piedra y midiera el rebote.
Julie Ann estaba a punto de escupirle alguna grosería, pero Henry tensó la mandíbula y levantó un índice en su dirección, como una orden precisa de que no dijera nada. El murmullo creció alrededor y Rebecca dio un paso atrás con elegancia, como quien ha dicho lo que tenía que decir y se retira.
Un segundo después todos tomaron asiento. El secretario de la audiencia llamó al orden y el juez, un hombre de voz grave y mirada cansada, entró en la sala con paso lento.
—Señores, damos inicio a la vista de divorcio entre el señor Henry Sheppard y la señora Rebecca Callaway —anunció leyendo el expediente y luego levantó la vista hacia las partes—. Bien. ¿Quién quiere empezar la carnicería?
El abogado de Rebecca, impecable y con una calma contagiosa, se puso de pie. John Anders era un hombre imponente y por supuesto, muy respetado dentro del ámbito corporativo.
—Su Señoría —dijo con una sonrisa—, mi clienta prefiere ahorrarse los malos ratos, así que renuncia a cualquier compensación económica que pudiera corresponderle por este divorcio. No solicita pensión, ni bienes, ni participación en activos de ninguna clase. Solicitamos únicamente que el señor Sheppard se abstenga de reclamar nada que pertenezca a la señora Callaway.
Hubo un silencio corto, seguido por una carcajada que más bien parecía una reacción visceral de la familia Sheppard. Carlotta y Chase, sentados unas filas atrás; no bajaron las voces lo suficiente como para que el resto de la audiencia no les oyera el coro de reproches y desprecio.
—¿Y esa muerta de hambre qué puede tener? —espetó el padre de Henry con fastidio.
—¡Acéptalo, hijo! —lo apremió su madre, agitándose en su sitio—. Terminemos con esto de una vez.
Rebecca no se inmutó. Sus manos permanecieron juntas sobre su regazo y su postura decía que había esperado cada una de esas palabras. Henry lanzó una mirada cortante a su familia, pero ellos estaban convencidos de que tenían la razón de su lado.
El licenciado Sagan se levantó y le hizo un gesto de afirmación al juez.
—Aceptamos que ninguna de las partes reclame bienes de la otra, Su Señoría.
Y aunque todo parecía tan sencillo que la audiencia podía terminar ahí, de repente el juez levantó un dedo.
—¡Ah! Ya veo por qué tuvieron que venir —dijo leyendo la demanda—. Señora Callaway, aquí dice que debe usted devolver todo lo que gastó de la tarjeta asignada por el señor Sheppard durante su matrimonio. ¿Está lista para eso?
—¿De qué está hablando, señora Callaway? —preguntó el abogado de Henry, intentando que la voz no le saliera demasiado molesta—. ¡Usted misma insistió en pagar! ¡La lista está hecha! ¿Qué tipo de broma…?
—¡Ninguna! —lo interrumpió John, poniéndose de pie, mientras Rebecca se recostaba un poco en su silla, apoyando el codo y la barbilla en la mano—. Ustedes hicieron la lista de lo que se gastó en esa tarjeta, y nosotros exigimos que se compruebe que los gastos los hizo mi clienta. Si se fijan, hay algunos que honestamente… no parecen cargos hechos por una mujer.
El juez repasó la lista y levantó una ceja curiosa.
—Un juego completo de palos de golf de lujo, y una membresía en el campo de golf más exclusivo de la ciudad por cinco años… a cuatro mil dólares por partido —leyó el licenciado Anders—. ¿Usted sabía que su esposa jugaba golf, señor Sheppard? —le preguntó a Henry—. ¿Usted juega golf, señora Callaway?
—Jamás en mi vida —sonrió Rebecca tomando la lista de facturas—. Y definitivamente tampoco me compré un Ferrari rojo a inicios del año —apuntó—. Dime, Henry, ¿alguna vez me has visto conduciendo un Ferrari?
La pregunta retumbó contra las paredes y Henry pasó saliva, buscando en su memoria escenas donde ella apareciera en un coche distinto al sedán que él le había asignado. Pero no pudo encontrar ninguna. Incluso el día que Rebecca se había marchado de la casa, se había ido en un taxi.
—¡Uy, ¿pero recuerdas quién estrenó un Ferrari rojo hace unos meses?! ¿No fue Julie Ann? —dijo, clavándole los ojos con una sonrisa descarada.
Julie Ann enrojeció apenas; la familia se removió y Henry sintió que le faltaba el aire.
—¿Cuánto quieres apostar a que ese cargo se hizo en mi tarjeta? —lo retó Rebecca, bajando la voz a una suavidad venenosa—. ¿Y crees que lo hice yo? ¿De verdad piensas que yo le habría regalado un Ferrari a tu amante?

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