La voz de la niña era tan tierna que el sollozo de Ceci hacía que a cualquiera se le partiera el alma.
El corazón de Santiago se encogió sin que pudiera evitarlo.
Aún se notaba torpe al cargarla y tratar de calmarla, el semblante tenso, sin saber qué expresión debía poner.
Cada llamado de la pequeña retumbaba en su pecho como si le hubieran colocado una campana en el corazón, haciéndolo temblar por dentro.
Sostenía aquel frágil cuerpecito, y por primera vez en su vida sintió una conexión totalmente desconocida.
No podía describir la sensación. Solo supo que, de pronto, algo dentro de él dolió.
Antes de que pudiera aclarar sus pensamientos, una voz interrumpió.
—Presidente Cárdenas, ya dimos con la dirección por la que se fue esa persona. No solo no era un empleado de limpieza, lo más seguro es que sea alguien con malas intenciones... ¡Al parecer iba directo por la señora!
Jaime le mostró el monitor a Santiago, donde apenas se veía la silueta de una persona captada por las cámaras. El supuesto “limpiador” había tirado su peluca en un bote de basura, dejando al descubierto una cara retorcida y amenazante.
Los ojos de Santiago destellaron peligro al instante.
Ambos se quedaron serios y, aunque no intentaron ocultar la conversación, Bea la escuchó y empezó a llorar con más fuerza.
La pequeña parecía entenderlo todo, y su llanto solo intensificó la tensión y el ambiente ya de por sí sombrío.
—Contacta al Departamento de Vialidad de Olivetto, quiero todas las grabaciones de las cámaras de la calle —ordenó Santiago, con un tono tan cortante que la temperatura en la habitación pareció bajar.
Jaime no se atrevió a perder tiempo y salió de inmediato a cumplir la orden.
La cabeza de Santiago era un torbellino. Sentía un nudo en el pecho, y la rabia amenazaba con desbordarlo.
¿En serio alguien se atrevió a secuestrar a Sofía en la clínica privada del Grupo Cárdenas?
Por más rabia que tuviera, Santiago se obligó a poner a Bea en la cama con delicadeza, y solo entonces entendió por qué la niña había llorado tan desconsolada.
¿Será ese lazo de sangre entre madre e hija? ¿Sentiste que algo le pasó a Sofía?
Santiago la observó atentamente, con el ceño fruncido.
Pequeña... ¿Quién será tu verdadero papá?
Acomodó con cuidado la cobija sobre Bea y llamó a la enfermera que la atendió primero.
—Voy a informar a la administración del hospital que hoy no tienes que cuidar a ningún otro paciente. Tu única misión es no separarte de ella ni un segundo.
Luego, dispuso que dos guardias se turnaran afuera de la habitación de Bea para vigilar.
No sabía si el ataque a Sofía y el accidente de Bea estaban conectados, pero ya con Sofía en peligro, no podía permitirse que algo más le pasara a la niña. Si después lograba rescatar a Sofía, jamás se perdonaría otro error.
Apretó los labios, serio.
Ni siquiera se dio cuenta de que, sin pensarlo, ya estaba viendo las cosas desde la perspectiva de Sofía, preguntándose cómo se sentiría ella.
...
La noticia de que Santiago había salido abruptamente de la empresa llegó a oídos de Isidora.
En ese momento, estaba en su departamento, disfrutando su cigarro con aire triunfante, muy lejos de la imagen dulce y recatada que mostraba en público.
Su tono confiado dejó mudo a Adrián, quien andaba de fiesta en el bar y, tras leer el mensaje, le marcó de inmediato.
—Isidora, ¿qué quieres decir con eso? ¿Todavía hay manera de darle la vuelta? ¿Por qué tendría que creerte?
Ya con varias copas encima, Adrián tartamudeaba y arrastraba las palabras.
Entre el bullicio y la música del otro lado de la línea, Isidora apartó el celular con gesto de asco. Notó al instante que Adrián ya no le decía “señorita Isidora” con esa cautela de antes; ahora su tono era casi desdeñoso.
Su mirada se endureció y apretó el celular como si quisiera romperlo.
Todo por culpa de Sofía.
Desde que metieron a Sofía a prisión, Isidora había sido la abogada estrella del Grupo Cárdenas durante un año. Dondequiera que iba, todos la trataban con reverencia. Pero desde que Sofía salió, pudo sentir claramente cómo Santiago la relegaba poco a poco. Nadie imaginó que un juicio accidentalmente compartido con Sofía la haría caer de su pedestal.
Incluso en las redes empezaron a circular dudas sobre su capacidad profesional. Si no fuera porque Rafael le juró que el plan era infalible y se animó a ayudarla para tapar los rumores, habría estado perdida.
Mordió la mejilla con rabia, rechinando los dientes de pura impotencia.
—¿No confías en mí? Nadie en todo Olivetto puede hacer que ganes, salvo yo.
Soltó una risa seca y colgó.
Adrián se quedó mirando el celular que seguía sonando, desconcertado.
Al notar que las chicas del bar lo miraban, se enderezó y fingió estar enojado, arrojando el celular al sofá.
—¡¿Y esta Isidora quién se cree?! Sofía pasó un año en la cárcel y ni así avanzó con el presidente Cárdenas, pero ella ya se cree la señora Cárdenas, ¡como si pudiera manejarlo todo a su antojo!

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