Entrar Via

El Valiente Renacer de una Madre Soltera romance Capítulo 320

La voz de Rafael cortó de tajo sus palabras, seca y sin un atisbo de emoción.

Apenas terminó de hablar, a Isidora solo le quedó escuchar el tono intermitente en el auricular. Por un instante, su expresión quedó congelada, como si el golpe la hubiera dejado sin aire. Cuando logró reaccionar, apretó la mandíbula y arrojó el celular a un costado con fastidio.

Ahora que Rafael se encargaría de la crisis, Isidora se sintió un poco aliviada, pero la inquietud no la abandonó del todo. Sin pensarlo dos veces, marcó a la niñera de Villas del Monte Verde.

Sin embargo, antes de que pudiera soltar la amenaza que tenía preparada, la voz dura de un hombre la interrumpió desde el otro lado:

—¿Quién habla?

Isidora se sobresaltó y colgó inmediatamente.

La niñera, que tenía buena reacción, borró de inmediato el registro de la llamada y, tragando saliva, se enfrentó a la mirada inquisitiva de Santiago. El sudor le perló la frente mientras intentaba mantener la compostura.

Pero, recordando las advertencias que había recibido de esos sujetos, tuvo que forzar una sonrisa servil y gimió:

—Llamada de broma, presidente Cárdenas.

Se frotó las manos, inquieta:

—¿Me buscaba para algo, presidente?

Santiago le dirigió una mirada que la recorrió de pies a cabeza, deteniéndose en el celular que ella aún tenía en la mano.

Jaime, que estaba a un costado, no perdió el ritmo; levantó la tableta frente a ella, en la pantalla se veía a la niñera parada justo bajo una cámara de seguridad, junto a una figura oscura y sospechosa que miraba por todos lados.

—¿Conoces a la persona que aparece aquí?

Tocó la pantalla dos veces, su voz era imposible de descifrar.

Al verla, la niñera retiró la mirada como si se hubiera quemado. Bajó la cabeza y negó con insistencia:

—Sí… sí la conozco.

Santiago entrecerró los ojos. Jaime cruzó una mirada con él, ambos sorprendidos de que la niñera no intentara negar nada.

—Bien. ¿Y para qué se vieron? ¿De qué estaban hablando?

Las miradas de ambos pesaban sobre ella como una losa. La niñera apretó los dientes, luchando por mantenerse en pie, pero al final, no pudo más y se desplomó de rodillas.

—¡Presidente Cárdenas, perdóneme! Fue la señora quien me regañó y yo, por rencor, contacté a esa persona para hacerle daño a la señorita Beatriz.

—¿Y qué te dieron a cambio?

La voz y la mirada de Santiago se volvieron aún más duras.

—U…una bolsita de sal fina. Me dijeron que si la niña comía aunque fuera un poco…

Se le quebró la voz, se atrevió a mirar de reojo a Santiago y, al ver la expresión oscura y amenazante en su cara, se encogió como un animal asustado.

En ese instante, Jaime la levantó de un tirón, sujetándola del brazo con tanta fuerza que se le marcaron las venas. Ella lo miró aterrada, topándose de frente con los ojos desbordados de furia de Jaime.

—¡Tú solo eres la niñera que contratamos para cuidar a la señorita Beatriz! ¿Cómo te atreviste a dejarte llevar por tu resentimiento y ponerle una trampa a la niña?

La puerta se abrió y entró un oficial, que saludó a Santiago con total respeto.

Siguiendo su indicación, los policías esposaron a la niñera y la subieron a la patrulla.

La mujer parecía en shock, pero no perdió la cabeza como haría cualquier persona común. Era como si… ya hubiera aceptado su destino.

Santiago siguió con la mirada a la patrulla hasta que desapareció de vista, su expresión se ensombreció aún más.

Apretó los labios y regresó la mirada a Jaime, que seguía murmurando con rabia:

—De verdad que está mal de la cabeza, ¿cómo pudo hacerle algo así a la niña? Parece buena gente, pero por dentro es puro veneno.

Jaime no paraba de reclamar, hasta que Santiago le lanzó una mirada cortante y por fin guardó silencio.

La calma volvió a Villas del Monte Verde. Santiago no fue a la empresa, sino que se dirigió directamente al hospital donde estaban Sofía y Bea.

—¿Cómo sigues?

Entró a la habitación y, como si fuera costumbre, dejó el ramo de flores junto a la cama de Sofía.

Ella dejó escapar una sonrisa apenas perceptible y apartó la mirada.

El silencio se apoderó del cuarto; la atmósfera era tan densa que casi se podía cortar con cuchillo. Solo Bea, ajena al drama, seguía tomando leche de su biberón con todo el apetito del mundo.

Después del accidente, Sofía había preferido que la niña tomara leche en vez de papilla, pues era más fácil de digerir.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Valiente Renacer de una Madre Soltera