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El Valiente Renacer de una Madre Soltera romance Capítulo 323

Sofía sonrió, pero en sus labios se dibujó una mueca sombría que hizo que la habitación se llenara de tensión.

El corazón de Isidora dio un vuelco, y no pudo evitar pensar para sí misma: ¿Por qué Sofía siempre imponía semejante presión? Hasta el aire parecía volverse más pesado a su alrededor.

Sin que pudiera reaccionar, Sofía la jaló con fuerza hacia el sofá. Los ojos de Sofía, oscuros y duros, recorrieron a Isidora de arriba abajo, haciéndola encogerse de miedo.

—Señorita, de verdad, yo no fui… te lo juro, ¡no fui yo!…

Isidora temblaba de pies a cabeza, las palabras se le atascaban en la garganta. La escena empeoró cuando notó que Sofía, sin que nadie se diera cuenta, había sacado una navaja que destelló con un brillo cortante.

La punta de la cuchilla se apoyó sobre el cuello pálido y delicado de Isidora, quien comenzó a sudar frío, sintiendo cómo el peligro la rodeaba.

—¡Sofía, no te dejes llevar! Si me lastimas, Santi no te lo va a perdonar. ¡Además te van a meter a la cárcel el resto de tu vida!

Sofía soltó una carcajada desdeñosa.

—¿Y no fue gracias a ti que ya estuve en la cárcel antes?

Isidora captó la amenaza en esa voz y, aprovechando un descuido de Sofía, saltó desesperada hacia la puerta.

—¡Auxilio! ¡Alguien quiere hacerme daño! ¡Ayúdenme!

Gritó a todo pulmón, pero la puerta ya estaba asegurada con llave. No había escapatoria.

De pronto, Isidora sintió un golpe de viento a sus espaldas: Sofía la jaló del cabello y la arrastró de nuevo al suelo.

En medio de la desesperación, unos golpes fuertes resonaron del otro lado de la puerta.

—¿Isi? ¿Estás ahí?

La voz de Begoña Solano se filtró desde el pasillo. Sofía se detuvo en seco, reconociendo a Begoña. Si ella estaba cerca, seguramente Ivana Santana también vivía en el mismo edificio.

Por un instante, Sofía recordó aquel día en la plaza, rodeada por una multitud interminable, y supo quién había provocado ese desastre.

La rabia hizo que Sofía apretara aún más la mano sobre la boca de Isidora, quien ya tenía la cara morada por la falta de aire.

Mientras tanto, Begoña volvió a golpear la puerta.

—¿Isi?

—¡Mmm! ¡Mmm! —Isidora intentó gritar, pero Sofía no la dejaba.

Begoña, que recién había regresado del mercado, dejó caer la canasta de víveres al escuchar el alboroto.

Se precipitó hacia la mirilla y, al asomarse, vio la escena: Sofía sujetando a Isidora del cabello, mientras la otra tenía el cabello desordenado y el rostro lleno de terror.

Golpeó la puerta con desesperación.

—¡Sofía! ¿Qué te pasa? ¡Suelta a Isi ya!

El escándalo fue tal que Sofía arrugó el ceño, molesta por todo el ruido.

Begoña, sin perder tiempo, empezó a llamar a Ivana por teléfono. En menos de un minuto, Ivana llegó corriendo al departamento, tan alterada que casi se desmaya al mirar por la mirilla.

—¡Sofía, no tienes vergüenza! ¿Te volviste loca? ¿Cómo te atreves a tratar así a tu hermana?

—¿Tú… qué…?

Antes de que pudiera terminar la frase, Sofía le metió la sal en la boca.

El sabor salado y áspero le quemó la garganta. Isidora se llevó las manos al cuello, tosiendo de manera seca, como si se ahogara.

La escena era tan dolorosa que Ivana la miraba con el corazón destrozado, fulminando a Sofía con una mirada que parecía querer destruirla.

—¡Sofía, estás loca! ¡Santiago tiene que ver esto, tiene que saber quién eres!

Intentó acercarse para detener a Sofía, pero la navaja la obligó a retroceder.

Sofía sonrió, pero sus ojos estaban llenos de un odio helado.

—¿Pensaste en las consecuencias cuando le diste sal a Bea?

Isidora no podía hablar, buscaba con desesperación un vaso de agua. Cuando intentó lanzarse hacia la cocina, Sofía la detuvo, jalándola del cuello y arrojándola otra vez al suelo.

Isidora, con la voz quebrada y llena de lágrimas, alcanzó a balbucear:

—…Te juro que no te lo voy a perdonar…

Sofía se inclinó y le susurró al oído:

—No olvides lo que te dije: Bea es mi límite. Jamás debiste meterte con ella.

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