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El Valiente Renacer de una Madre Soltera romance Capítulo 375

Esa expresión, lejos de suavizarla, hacía que Sofía luciera aún más imposible de ignorar; tan bonita que parecía sacada de un sueño.

Las mujeres frente a ella, al verla así, no pudieron ocultar en sus ojos el veneno de la envidia.

Entre ellas, la de cara alargada y actitud más cortante fue la primera en dar un paso al frente.

Sin dudarlo, le agarró el cabello a Sofía con fuerza, obligándola a levantar la cabeza a tirones, arrancándole un quejido de dolor.

—¿Así que con esa cara fue como te casaste con el presidente Cárdenas, verdad? —le escupió, apretando los dientes con rabia. Sus uñas largas y pintadas se deslizaron por el cuero cabelludo de Sofía, causándole un ardor que le recorrió la piel.

El miedo le invadió de inmediato, tan intenso que una lágrima temblorosa rodó por la mejilla de Sofía.

—¡Paf!—

La bofetada resonó en todo el lugar, tan fuerte que el silencio se apoderó de la prisión.

—¿Lloras? Aquí no hay ningún otro tipo al que puedas embaucar con esos aires de zorra, ¿o sí? —se burló la mujer, soltando una risa retorcida.

Sacó de entre sus cosas un cortaúñas, reluciente bajo la tenue luz. Lo había guardado especialmente para esta ocasión.

Apenas apareció el objeto, las reclusas a su alrededor se removieron de puro entusiasmo.

—¿Te gusta tanto usar la cara para seducir? A ver qué harás si te la dejo hecha un desastre —dijo la mujer, agitando el cortaúñas frente a todas.

—¿Y qué va a hacer? Seguro que cuando salga, el presidente Cárdenas la devuelve como si fuera mercancía defectuosa —intervino otra, y de inmediato las demás la siguieron, lanzando burlas y risas que retumbaban en el techo, como si quisieran arrancarlo de cuajo.

Sofía bajó la cabeza, tragándose el orgullo y el llanto. Se mordió el labio con tanta fuerza que casi se hirió. Su cara, ya pálida de por sí, se puso todavía más blanca.

...

Santiago seguía cada segundo de la escena en el monitor, sintiendo cómo el pecho se le oprimía tanto que apenas podía respirar. De repente, detuvo el video. Sus manos, aún en el aire, temblaban sin control.

—Malditas —murmuró para sí, mordiéndose la mejilla con rabia. Sus ojos, siempre tan impasibles, ahora ardían con una furia que amenazaba con consumirlo todo.

—Yo todavía tengo el cuchillo y el tenedor que guardé la vez pasada, ¡déjenme probar a mí! —gritó, con los ojos chispeando como los de una loba hambrienta.

—¡A mí también me toca! ¡Traje el estropajo! —añadió otra, y poco a poco, todas se fueron acercando, rodeándola.

—¡Déjenme! ¡No, por favor! ¡No! —Sofía gritaba, rogaba, pero sus súplicas se perdieron entre las carcajadas y los gritos salvajes, mientras la escena se volvía un caos insoportable, doloroso y cruel.

Jaime, que observaba todo desde un lado, sintió la piel erizarse, incapaz de no conmoverse por la desgracia que había vivido Sofía.

Santiago apretó los puños con tal fuerza que las uñas se le clavaron en la palma. El sabor metálico de la rabia le llenó la boca.

...

—Toc, toc—

—¿Presidente Cárdenas, se encuentra ahí? —La voz nerviosa de una mujer rompió el tenso silencio.

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