—Alfonso, el que viene a pedirme un favor ahora eres tú.
Santiago levantó la mirada, y aunque su tono sonó calmado, había un deje de molestia apretando cada palabra.
Alfonso no tuvo más remedio que rascarse la nariz y dejar la sonrisa de lado.
—No olvides lo que me prometiste.
Soltó la frase y ya iba a marcharse, pero al llegar a la puerta se detuvo, como si de pronto recordara algo importante, y regresó.
—Me enteré de que trajiste a la compañía a los testigos que Oliver localizó.
Alfonso volvió a sentarse, dirigiendo sus ojos hacia Santiago.
—¿Y ahora qué piensas hacer con ellos?
Santiago arqueó una ceja, su mirada se volvió aún más cortante.
—Eso no es algo que debas preguntar.
—Mira, tío, a Sofía le debes muchísimo. ¿No crees que ya es muy tarde para tratar de compensarla?
Alfonso cruzó los brazos, y era evidente que tenía bien caladas las intenciones de Santiago.
Apenas terminó de hablar, Santiago apretó los labios. En sus ojos pasó el destello de una furia contenida, pero también un rastro de tristeza, tan fugaz como un relámpago.
Por poco destrozaba de nuevo la punta de su lapicero nuevo.
—Alfonso, deberías preocuparte por ti. Esta vez regresar a la familia Castillo no será tan fácil como antes.
Santiago soltó una risa seca y le hizo una seña a Jaime:
—Acompáñalo a la salida.
Jaime enseguida se adelantó:
—señor Castillo...
Alfonso levantó la mano, interrumpiéndolo.
—Ya me iba, no hace falta que me corran.
Achinó los ojos y, antes de levantarse, le dio un par de golpecitos al escritorio de Santiago.
—¿Por qué mejor no dejas que yo interrogue a los testigos por ti, tío?
Alfonso lo miró directo a los ojos.
—No le voy a decir nada a Sofía. Si saco algo de provecho, será todo gracias a ti.
Santiago lo observó con seriedad. El sobrino que antes era tan respetuoso, ahora se plantaba ante él sin titubeos, y eso lo hizo dudar.
Después de todo, Jaime no había conseguido nada útil de esos testigos. Ni siquiera él mismo, si se ponía a preguntar, sacaría algo distinto.
Además, Alfonso siempre estaba cerca de Sofía. Él debía saber más de lo que aparentaba.
Y, sobre todo...
—Al terminar el funeral, ¿qué te llevaste?
Santiago fue directo al grano.
Alfonso se quedó helado, sorprendido, aunque enseguida intentó disimularlo.
—No creas que no me doy cuenta. Habla claro.
Santiago le lanzó una mirada llena de desconfianza.
Alfonso supo que no podía seguir ocultando nada, así que se encogió de hombros.
—El USB con el video que Oliver puso durante el funeral.
—¿Vienes a buscarme porque ella encontró algo en ese USB?
Los ojos de Santiago brillaron con intensidad.
Recordaban que la presidenta Rojas había dicho algo sobre que él tenía una relación especial con el presidente Cárdenas...
Sin darles más tiempo para elucubrar, Alfonso de pronto agarró al doctor y lo sentó frente a él.
—¿Tú fuiste el que confirmó la muerte de Leonor?
Levantó la mirada, tranquilo pero firme.
El doctor, al sentir la mano de Alfonso, se estremeció y trató de mantener la compostura.
—Sí... fui yo.
—Ajá...
Alfonso asintió con fingida comprensión.
—¿Y Leonor era guapa?
De repente, sus ojos se iluminaron y se acercó con curiosidad.
El cambio tomó por sorpresa a todos.
—¡Te estoy preguntando!
El silencio apenas duró un instante, pero Alfonso ya golpeaba la mesa con impaciencia.
El doctor, intimidado, respondió como pudo:
—Pues... sí, era guapa.
—¿Guapa, pero no tanto? —Alfonso se frotó la barbilla y esbozó una sonrisa traviesa—. Seguro que ni de cerca tan guapa como mi Sofía.
—Si Sofía salió así, seguro su mamá también era bonita. Oliver sí que no tiene remedio.
Alfonso, con los brazos tras la cabeza, se tiró a lo largo en el sofá. Luego, al ver una botella de licor sobre el escritorio de Jaime, la destapó y se sirvió dos tragos, como si nada.

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