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El Valiente Renacer de una Madre Soltera romance Capítulo 439

Todos los movimientos de Alfonso eran descaradamente despreocupados, parecía el típico hijo de familia adinerada que nunca había pisado una escuela ni trabajado un solo día.

Esa actitud relajada hizo que los tres presentes bajaran un poco la guardia.

—Señor Castillo, la presidenta Rojas y la señorita Leonor solo tenían una relación de trabajo, nada más —añadió la enfermera, sin poder evitar meterse de más en el asunto.

Alfonso, que hasta hace un momento tenía los ojos entrecerrados y relajados, de pronto los abrió con picardía, entre una sonrisa y una mirada inquisitiva.

—¿Y tú cómo lo sabes? —le soltó, con ese tono juguetón que podía desconcertar a cualquiera.

La enfermera, al encontrarse con ese rostro que parecía hasta más atractivo que el de muchas mujeres, sintió que el corazón se le saltaba un latido. Bajó la cabeza, tratando de ocultar el temblor en su voz.

—Porque… yo misma fui quien llevó a la señorita Leonor al área de morgue ese día —murmuró, casi sin aire.

Alfonso la observó en silencio, pero en sus ojos centelleaba una amenaza apenas disimulada.

—Y dime, ¿te parece bonita ella? —preguntó, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

La enfermera, desconcertada por esas preguntas que no tenían ni pies ni cabeza, terminó de convencerse de que Alfonso solo era un junior mimado al que no valía la pena temerle. Así que contestó sin pensar demasiado:

—La verdad, la señorita Leonor siempre me pareció muy bonita.

—¿Sí? Pero en el video que Oliver guardó, tú, como encargada de la morgue, nunca descubriste la sábana que la cubría —Alfonso apoyó la cara en una mano, observándola con un brillo burlón.

El corazón de la enfermera dio un vuelco. Levantó la mirada, solo para encontrarse con unos ojos que parecían capaces de leerle el alma.

Quiso defenderse, pero las palabras se le atoraron en la garganta.

—Yo… —balbuceó.

En ese instante, la sonrisa de Alfonso desapareció. Su expresión se endureció, y la ligereza de antes se esfumó, dejando solo una autoridad que imponía respeto.

—Habla, ¿el cuerpo de ese día era o no el de Leonor? —preguntó, directo como una flecha.

La pregunta cayó como un balde de agua helada. Tanto el doctor como la enfermera se quedaron pálidos, con la boca entreabierta pero sin emitir sonido alguno. Ambos buscaron ayuda con la mirada en el trabajador del crematorio.

Él captó la indirecta al instante. Se apresuró a intervenir, dándole una palmada al escritorio.

—Señor Castillo, ¿cómo cree? ¿Acaso habría más cuerpos de los necesarios? Después de tanto tiempo, es normal que algunos detalles se confundan.

Dijo esto con una sonrisa servil, tratando de congraciarse.

Pero Alfonso ni siquiera se molestó en fingir amabilidad. Su sola presencia llenaba la sala de una tensión que se podía cortar con cuchillo.

—Lázaro Blanco, originario de Villa Laguna. Hace veinte años ya trabajabas en Olivetto, en el crematorio cerca del Hospital de Especialidades Los Álamos. Hace diez años, regresaste a Villa Laguna porque tu esposa, de edad avanzada, iba a tener un hijo.

Alfonso lo miró directamente.

—¿Lo dije bien?

Lázaro apretó los dedos, sintiendo cómo le temblaba el corazón.

Alfonso golpeó la mesa con los nudillos.

—Hace poco más de diez años, justo el año en que murió Leonor, según lo que investigué, dejaste tu trabajo en cuanto terminaste el servicio de ella y te fuiste sin mirar atrás.

Alfonso volvió a sonreír, pero sus ojos solo mostraban tinieblas.

Apenas terminó de decirlo, los ojos de Lázaro perdieron el enfoque y, de pronto, se arrodilló en el suelo con un golpe sordo, asustando a los otros dos.

Jaime, rápido, fue a cerrar la puerta.

—Yo… yo no puedo hablar… —murmuró Lázaro, apretando los dientes y bajando la cabeza hasta casi tocar su pecho.

Por primera vez, el ceño de Alfonso se arrugó, dejando ver su molestia.

Lanzó un bufido.

—Lo que Oliver te dio, yo puedo dártelo al doble, o hasta diez veces más.

Dicho esto, sacó de la nada una tarjeta bancaria negra y dorada, símbolo de riqueza y poder.

Alfonso la hizo girar entre sus dedos y luego la empujó sobre la mesa, hasta dejarla justo frente a Lázaro.

Jaime apenas pudo evitar sorprenderse.

Alfonso seguía tan ostentoso como siempre.

Lázaro no apartó la vista de la tarjeta ni un segundo. Jamás había visto una así, ni siquiera en fotos de los periódicos, y ahora la tenía frente a sus ojos.

Aun así, aunque la codicia brillaba en su mirada, solo pudo apretar la ropa y bajar la cabeza.

—Señor Castillo, eso no lo puedo decir.

En cuanto terminó la frase, la atmósfera se volvió tan tensa que el aire pareció congelarse.

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