—Abuelo, siempre he tenido muy claro quién soy.
Alfonso habló con la voz baja, y sin darse cuenta, esa gravedad terminó volviéndose áspera, como si le raspara la garganta.
El anciano por fin apartó su mirada imponente, asintiendo con la cabeza.
—Bien, mientras lo sepas. Pero ya que tu madre no está de acuerdo, estos días te quedarás en la empresa.
Dio un sorbo a su taza, entornando los ojos como si se perdiera en el aroma, dejando claro que el tema debía terminar ahí.
En la mesa volvió el silencio. Aunque era una cena familiar, no había ni rastro de calidez; cada quien se limitó a masticar la comida fina y costosa, incapaz de sentirle sabor alguno.
Alfonso apretó los labios, bajó la cabeza y el cabello le cubrió los ojos, ocultando la tormenta y el desánimo que lo sacudían por dentro.
Sentía el pecho oprimido, como si una mano invisible le apretara el corazón. Esa tensión le subía hasta la garganta, dejándolo casi sin aire.
Sin querer, una imagen se coló en sus pensamientos: ese rostro tan delicado y a la vez vibrante. Inmediatamente, Alfonso apretó los dedos.
¿Apenas llevaban unos días separados y ya la extrañaba?
...
En el departamento.
—¿Y? ¿Qué dicen? —Leonor Medina, ansiosa, se colgó del brazo de Oliver y asomó la cabeza para mirar la pantalla de su celular.
Oliver revisó el mensaje y entrecerró los ojos.
—Ya salió el presupuesto del vestido de novia. Pero quieren que vaya yo mismo a la agencia.
Al oírlo, Leonor frunció el entrecejo.
—¿No podían avisarte el precio y ya? ¿Para qué quieren que vayas en persona?
Oliver se frotó la frente, fastidiado.
No sabía por qué, pero del lado de Sofía no había ni una señal. En teoría, eso debería ser buena noticia: significaba que todavía no podía desmentir la versión oficial que ellos habían difundido.
Pero esa calma solo le daba mala espina.
—Yo voy, no hay bronca —Oliver lanzó un suspiro, buscando calmarse—. Pero aunque salga el precio, el vestido sigue guardado en la casa y no podemos sacarlo.
Leonor bufó, molesta.
—Leonor, la familia Santana no es cualquier cosa. Son un premio gordo.
Al oírlo, el corazón de Leonor le latió con fuerza en el pecho.
—En su momento, me despreciaron. Ivana era su hija de sangre y aun así, por mi culpa, la echaron de la familia —gruñó Oliver, resentido—. Ahora que me voy de Nueva Castilla, es la hora de cobrarme todo lo que me hicieron hace más de diez años.
Leonor lo miró, viendo el mal humor reflejado en su cara, y prefirió no decir nada más.
Solo bajó la vista, acariciando su vientre con nerviosismo.
¿De verdad era buena idea traer un hijo a este mundo, en medio de todo esto?
Su mente no paraba de dar vueltas, y apretó la mano con fuerza.
Oliver notó el silencio de Leonor, y le dio unas palmaditas en la espalda.
—No te preocupes, Leonor. Solo aguanta un poco más. En cuanto le saque una buena lana a la familia Santana, me los llevo a ti y al bebé bien lejos de aquí.
La miró con ternura, apartándole un mechón de cabello detrás de la oreja.
—Tú y yo crecimos juntos. Si no hubiera sido por el estatus de Ivana, nunca me habría separado de ti. Y estos años, por culpa de ella, tuviste que vivir fuera, soportando de todo. Te lo juro, voy a compensarte por cada sufrimiento que pasaste.

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