Al mirar la ubicación que le llegó al celular, los ojos de Jaime Calleja brillaron. Sin perder tiempo, cerró la computadora, tomó su portafolio y el maletín de seguridad, y salió disparado de la oficina.
El lugar era un parque común y corriente, de esos que casi pasan desapercibidos en medio de la ciudad.
A Jaime le sorprendió que ella eligiera ese punto para el encuentro. No era el típico sitio para tratar asuntos delicados.
Cuando vio bajo el quiosco a la persona que coincidía casi al pie de la letra con la descripción que le habían dado por celular, supo que era ahí. Sin dudar, se encaminó directo.
—¿Usted es Fabiola? —preguntó Jaime de manera directa, rompiendo el silencio y haciendo que Fabiola diera un brinco de susto.
Ella, visiblemente nerviosa, se retorcía los dedos antes de asentir con timidez.
—Sí, soy yo. ¿Usted es de Grupo Cárdenas?
Levantó la mirada, con cierta desconfianza, y lo escaneó de arriba abajo.
El traje impecable, la presencia imponente… Sí, justo como se imaginaba a alguien de una empresa tan poderosa como Grupo Cárdenas.
Ese pensamiento solo la puso aún más inquieta.
—No se preocupe, no tiene nada de qué temer —dijo Jaime, notando su incomodidad. Bajó el tono y, con cuidado, se sentó frente a ella.
Dio un par de palmadas sobre el maletín que llevaba.
—Aquí está el efectivo que quedamos. Es el adelanto, el veinte por ciento. Si quiere, puede hacer la cuenta usted misma.
El maletín plateado, reluciente y moderno, tenía algo que hipnotizaba. Fabiola no pudo evitar clavarle la mirada.
Veinte por ciento... Eso eran... ¡veinte mil pesos!
Sintió que las manos le temblaban y tuvo que hacer un esfuerzo por controlarse.
—¿Q-qué quiere saber? —preguntó, la voz le salía temblorosa, aunque era más por la emoción que por el miedo.
Jaime soltó una sonrisa cordial y educada, cuidando cada gesto.
—Solo quiero confirmar. La señora de la que me habló por teléfono, ¿es esta persona?
Le mostró una foto entre los dedos.
En la imagen estaba Leonor Medina.
—¡Sí! ¡Sí, es ella! —Fabiola asintió una y otra vez, casi atragantándose con las palabras.
Era ella, sin duda. Fabiola había trabajado apenas unos días como empleada doméstica para esa mujer, pero ya había pasado por un verdadero suplicio. Todo por culpa de Leonor.
Solo de pensarlo, Fabiola sentía que le hervía la sangre. Recordó esa vez que fue a quejarse con Oliver Rojas y, sin más, Leonor le descontó la mitad de su sueldo, así, como si nada.
La mitad de su sueldo… Eso era el dinero que necesitaba para salvar a su hijo.
Si ellos no la trataban con justicia, ¿por qué ella tendría que ser leal?
—Ella está en los apartamentos para jóvenes en la Calle Santa Beatriz, en Olivetto. Si quiere, yo misma lo llevo ahora —dijo Fabiola, apretando los dientes.
Jaime, al verla, comprendió que Leonor la había hecho pasar un mal rato.
Ella la atrapó al vuelo, y, mientras bajaba la cabeza, sus ojos se llenaron de pensamientos ocultos.
Oliver, orgulloso, se dejó caer en el sillón.
—Después de tantos años, todavía les importa tanto Ivana Santana, ¿eh?
Leonor se acercó rápido y le empezó a masajear los hombros, servicial.
—¿Entonces...?
Oliver sonrió de lado, sus ojos entrecerrados destilaban malicia.
—El paquete tenía todos los datos completos. Es cuestión de tiempo para que la familia Santana venga a buscarla.
Al escuchar que el plan marchaba como debía, Leonor sonrió. Pero enseguida la mueca se borró de su cara.
Le apretó el brazo a Oliver, preocupada.
—Pero... tú dijiste que la familia Santana tiene tanto dinero y poder como para comprar medio país. Si vienen a apoyar a Ivana... y se enteran de lo que hiciste, ¿qué vamos a hacer?
A Oliver se le cruzó un escalofrío por la espalda, pero recuperó la calma y acarició la mano de Leonor.
—Tranquila. Ivana ya me perdonó. Y después de tantos años juntos, ni aunque la familia Santana venga, me van a obligar a divorciarme.
Se miraron y ambos terminaron soltando una carcajada.
Fabiola los observaba, mientras grababa todo lo que acababa de escuchar.

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