Sofía, de repente, dio un paso al frente—¿Por qué estás tan seguro de que puedes ayudarme a aclarar todo? Incluso lo de hace un año, ¿de verdad puedes hacerlo?
La determinación de Sofía deslumbró a Rafael. Por un instante, las palabras casi se le escapaban sin pensarlo, pero al ver los ojos entrecerrados de la mujer frente a él, se contuvo y tragó saliva.
Intentó acercarse para tomarle la mano—Ven conmigo, déjame llevarte primero con el niño. Lo de hace un año, te lo explico con calma, ¿sale?
Sofía se zafó de inmediato—Lárgate.
Levantó la mirada, su voz tan cortante como el filo de un cuchillo—Si no me dices dónde está Federico, tengo la grabación aquí conmigo. Te voy a denunciar por secuestro de menores.
Sofía alzó la mano derecha. La pantalla prendida de su celular mostraba la aplicación de grabadora en plena acción.
El rostro de Rafael se descompuso de inmediato—¿Me grabaste? ¿Desde cuándo?
—Desde que apareciste.
La voz de Sofía sonó tan fría como la escarcha en las montañas.
—Bien, bien, —Rafael soltó una carcajada, pero cada risa le salía más forzada, cada vez más rabiosa—¡Bien!
Clavó la mirada en ella, con una mezcla de rencor y desesperación—¿Después de tantos años de conocernos, de verdad desconfías así de mí?
Sofía ni se inmutó ante su reclamo—Si no veo a Federico antes de que amanezca, nos vemos en Grupo Garza. Ahí nos aclaramos todo.
Sin voltear atrás, Sofía se marchó con Jasper y Maite, ignorando por completo la expresión oscura de Rafael, que se quedó plantado ahí como si fuera una sombra densa y borrosa.
Jasper caminó detrás, pero a unos pasos de distancia. Antes de salir, giró apenas el rostro; su mirada azul destilaba una pizca de burla.
...
Ya en el carro.
—¿De verdad eran amigos de la infancia? ¡Qué tipo tan despreciable! —soltó Maite, indignada.
—Ni idea de lo que busca. —Sofía se recostó en el asiento, entornando los ojos, aunque en su entorno flotaba una tensión helada.
Desde que salió de la cárcel, Rafael no había dejado de acosarla. Pero desde que se mudó a Villas del Monte Verde, sus apariciones disminuyeron. De hecho, ya casi lo había olvidado, hasta que hoy, sin esperarlo, volvió a aparecer para arruinarle el ánimo.
Sofía se frotó el entrecejo, intentando calmar la presión en su cabeza.
El motor arrancó. La ventana estaba bajada unos centímetros, y el viento nocturno entraba suave, moviendo apenas un mechón de su cabello.
Sofía parpadeó, un poco desorientada, abriendo los ojos al silencio.
La habían traicionado.
Sofía apretó los puños.
Cuando fue arrestada y enviada a prisión, además de la sorpresa, lo único que sentía era odio.
¿Por qué le hicieron eso?
No encontraba respuesta.
Isidora siempre disfrutó de los privilegios y el cariño que a ella le negaron. Sofía cedió en todo. ¿Por qué Isidora tenía que ir aún más lejos? Y Rafael, que juraba quererla, fue el primero en apuñalarla por la espalda cuando se trató de defender sus propios intereses.
En el encierro, en medio de la soledad y el dolor, por fortuna apareció Bea.
Con el tiempo, el odio se fue disipando, lo que quedó fue rechazo, repulsión.
Ahora que tenía que enfrentar de nuevo a quienes la dañaron, había aprendido a ser dura, a mirar el pasado con distancia. Su meta era simple: sacar la verdad a la luz y que todos los que le hicieron daño recibieran su merecido.
Se obligó a dejar atrás los recuerdos. Sus ojos, antes llenos de tristeza, ahora brillaban con determinación.
—Llegamos.

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