Al escuchar esas palabras, la expresión de la señora Castillo se volvió aún más amarga.
Alzó la vista hacia Alfonso, y como era de esperarse, lo encontró con las cejas levantadas y una sonrisa burlona.
—¡Este muchacho! —masculló por lo bajo—. Ya se cree muy listo, ¿no?
Pero Alfonso estaba de tan buen humor que hasta iba tarareando una canción. Sin siquiera pasar por la oficina, se fue directo a tomar un carro para regresar a la casa de los Castillo.
...
En la Quinta de Toledo.
Rafael ya tenía frente a él una selección de platillos que se veían bastante apetitosos. Ingredientes caros, presentación impecable, todo preparado con esmero, dejando claro lo importante que era para él la persona a quien esperaba.
Sin embargo, los platos calientes se enfriaron y la hora acordada pasó hace rato; ya llevaba más de una hora esperando.
El rostro de Rafael estaba tenso, y esa mirada suya, que normalmente destilaba simpatía, ahora transmitía una distancia helada.
Cuando por fin pensó que Sofía le había quedado mal y no iba a presentarse, se levantó de la mesa. Pero justo entonces, vio acercarse una figura vestida completamente de negro.
Sofía llegó con un conjunto negro, cómodo y elegante. Aunque ya era tarde, no mostraba ni un poco de prisa en el rostro.
Rafael regresó a su asiento. Todo el mal humor que lo acompañaba se esfumó de golpe.
—Pensé que no vendrías.
—A decir verdad, no tenía ganas de venir —le soltó Sofía, con un tono sarcástico y cargado de indirectas.
A Rafael no le afectó la actitud de ella; es más, hasta sonrió, como si nada.
—Prueba esto.
Utilizó el cuchillo y tenedor para ponerle un trozo de pescado en el plato de Sofía.
Durante una época Rafael vivió muy cerca de la casa de la abuela de Sofía y a menudo lo atraía el aroma del pescado en salsa picante que ella preparaba. Se asomaba por la reja de enfrente, y hasta se le hacía agua la boca.
Por suerte, la abuela de Sofía era una persona amable. Si lo veía rondando, lo invitaba a pasar, le servía un plato y lo trataba como si fuera de la familia.
—Si no hubieras mandado a secuestrar a Federico, no habría tenido que salir corriendo a mitad de la noche para buscarlo en Olivetto. Dices que te duele lo que he sufrido, pero, ¿acaso puedes negar que lo de hace un año tuvo que ver contigo?
Cada palabra de Sofía era como una flecha lanzada directo a los ojos de Rafael.
Y sí, ella notó de inmediato ese leve temblor en sus pupilas.
—Si tú me rechazas, solo me queda hacer esto. De lo contrario, ni siquiera me hubieras dejado verte —dijo Rafael, bajando la cabeza, luciendo derrotado, casi deprimido.
Pero ese gesto de aparente tristeza solo provocó que Sofía lo mirara con desprecio.
Rafael siempre había tenido un lado oscuro que ponía los pelos de punta. Quien se dejara engañar por su cara de víctima, estaba perdido.
—Hace un año, sí, aproveché que tú robaste información de Grupo Cárdenas para darle un golpe fuerte y llevar a Grupo Garza a la cima. A fin de cuentas, soy empresario. ¿Cómo iba a dejar pasar una oportunidad así?
—Sofi, los que de verdad te han hecho daño son Santiago e Isidora. Yo lo único que he intentado es sacarte de la vida de Santiago y de la familia Rojas.
Sofía lo miró de frente. Rafael, con los ojos llenos de una supuesta sinceridad, parecía temer que ella no le creyera.

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