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El Valiente Renacer de una Madre Soltera romance Capítulo 499

—¿Qué pasa, muchacho? ¿Por qué te quedaste viendo al vacío?

Al ver el gesto un poco aturdido del joven, los dos ancianos sentados en los sillones casi se doblaron de la risa.

—Súbete ya, si no, vamos a perder el vuelo.

Julia, mucho más tranquila, lanzó una mirada apremiante.

Alfonso por fin subió al carro, eligiendo un asiento ni muy cerca ni muy lejos de ellos. Aun así, se sentía incómodo, como si estuviera sentado sobre clavos.

Reconoció de inmediato a los dos ancianos: eran los verdaderos líderes de la familia Santana.

Aún recordaba las historias de Santa Fe, cuando la pareja arrasó en los negocios y enfrentó a todos, ya fuera en los tratos legales o en el lado turbio. Aunque ahora casi no se sabía nada de ellos. De hecho, muchos pensaban que ambos ya habían fallecido.

Pero eso no era lo que ponía a Alfonso tan tenso.

Lo que en verdad le inquietaba era...

¿No eran estos dos los bisabuelos de Sofía?

Se frotó las manos, y una idea traviesa le cruzó la mente.

Sofía, ay Sofía, ¿quién diría que yo conocería primero a tus bisabuelos?

Ya se imaginaba presumiendo frente a ella, su mente volaba y hasta su cara se le iluminaba de la emoción.

—¿Chico? ¿Chico?

La anciana le tocó el brazo con suavidad, devolviéndolo de golpe a la realidad.

—¿Eh? ¿Qué pasó? Dígame, por favor.

Alfonso se sobresaltó, respondiendo con el mayor respeto.

Julia lo observó con cierta sorpresa. Había algo raro en él.

No se parecía en nada al Alfonso del que todos hablaban. Nada de esa fama de problemático o de ese aire oscuro y burlón. Más bien, se mostraba educado, sencillo, hasta pulcro.

Si quienes habían recibido golpes de Alfonso lo vieran así, seguro se atragantarían de la rabia.

—¡Desde el principio le dije que no se casara con ese hombre! ¡Se lo repetí mil veces y ni caso me hizo! ¡Y ahora resulta que la adoptada corrió a la hija de verdad! ¿Oliver está ciego o qué? ¿Y todavía se atreve a engañarla?

Entre más hablaba, más se encendía su enojo, al grado de que le costaba trabajo respirar. Alfonso se apresuró a acercarse y darle unas palmaditas en la espalda.

El anciano, por su parte, frunció el ceño con tal fuerza que se le marcaron aún más las arrugas.

—Ivana nunca fue de las que aguantan todo sin decir nada. Si Oliver le fue infiel, ¿cómo que solo pidió separarse y no el divorcio?

—Eh... —Alfonso dudó un poco, la situación le parecía absurda, pero respondió con sinceridad—. Ella quiere mucho a la hija adoptiva, y parece que la adoptada la convenció para no llegar al divorcio.

—¡Qué necedad!

El viejo apretó tanto los puños que los nudillos se le pusieron blancos.

—Papá, mamá, por favor, cálmense —intervino Julia, preocupada, aunque lograba mantenerse serena—. Alfonso, dijiste que Ivana tuvo una hija, pero que la adoptada la obligó a irse, ¿eso fue así?

Al ser mencionada Sofía, Alfonso apretó los labios, poniéndose muy serio.

—No.

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