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El Valiente Renacer de una Madre Soltera romance Capítulo 512

El corazón de Ivana fue invadido de pronto por una sospecha tan absurda que se negaba a creerla, mucho menos a aceptarla.

Sacudió la cabeza con fuerza, intentando expulsar esa idea de su mente.

Al final, ni siquiera recordaba cómo había salido de la empresa, como si caminara a ciegas, flotando en una nube de confusión.

Cuando por fin despertó de su letargo en la calle, el sol ya casi se había ocultado. Solo quedaba una línea dorada, teñida de rojo, bordeando el horizonte.

—Mamá…

Ivana vagaba sin rumbo por la avenida, sumida en sus pensamientos, cuando de repente una vocecita débil le rozó el oído.

Sonaba igualita a Isidora.

Se detuvo un instante, desconcertada, pero sus pies no dejaron de avanzar.

—Seguramente ya me volví loca —pensó—. O de plano estoy al borde de un colapso, ¿cómo es posible escuchar la voz de Isi así, de la nada?

Se frotó las sienes con la mano, tratando de calmarse. Pero entonces la voz regresó, esta vez más clara, más desesperada.

—¡Mamá! Sálvame…

Ese grito, tan desgarrador, parecía haber salido de lo más profundo del alma, como si se le fuera la vida en ello.

Ivana se estremeció y volteó de inmediato. En una esquina, casi escondida por las sombras, vio una silueta que jamás esperó encontrar.

—¡Isi!

El grito le salió del pecho y corrió hasta plantarse frente a ella.

Lo que tenía delante ya no parecía una persona.

Si no fuera porque reconocía la ropa y aún resonaba en sus oídos la voz de su hija, nunca habría creído que esa figura era Isidora. Más bien parecía un espantapájaros, un muñeco roto.

La ropa, que Ivana había escogido para ella con tanto esmero, estaba hecha jirones. El vestido parecía un montón de trapos colgando. Pero lo peor era su piel: en brazos y piernas tenía moretones morados, marcas de sangre, heridas que parecían hechas por garras. Era una visión imposible de soportar.

Ivana, que siempre había vivido entre lujos y comodidades, jamás había presenciado algo tan aterrador.

Temblando, se dejó caer en cuclillas, pero el miedo no la dejaba ni siquiera tocar a Isidora.

—Isi, ¿qué pasó? ¿Quién te hizo esto? ¿Por qué te dejaron así?

Su voz salía entrecortada, temblorosa, y por un momento se le olvidaron por completo los problemas de la empresa.

Isidora la miró con lágrimas cayendo a chorros.

—Mamá… fue Sofía…

Por fin, tras el suero y los medicamentos, Isidora pudo hablar un poco más fuerte.

Al escuchar las palabras de Ivana, las lágrimas resurgieron y, temblando, señaló a alguien invisible.

—¡Sofía!

Ivana se quedó boquiabierta.

—¿Cómo pudo ser tan cruel?

—¡Mamá, todo es por su culpa! —Isidora sollozaba, el cuerpo entero le temblaba, y en sus ojos no se apagaba el temor, como si recordara algo aún más terrible.

Ivana, al verla tan destrozada, no pudo más que tomarle la mano y tratar de consolarla.

—Tranquila, Isi, ya pasó. Aquí está tu mamá, no te va a pasar nada.

La acariciaba con ternura, pero en el fondo de sus ojos se encendía una chispa oscura.

—¡Esa Sofía desgraciada!

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