Ya que el heredero había sacado a Paloma a colación, Damián no iba a desaprovechar la oportunidad.
Lo que no se esperaba era que Paloma y Arón se conocieran. Ella nunca lo había mencionado.
Arón entrecerró los ojos y la tensión en el ambiente se hizo palpable.
Paloma se levantó, nerviosa, y justo cuando iba a tomar la copa con el cóctel…
—No es necesario —dijo Arón.
Esas simples palabras parecieron congelar el aire del salón.
Paloma se quedó de pie, en una posición incómoda, sin saber si sentarse o permanecer así.
Arón se recostó lánguidamente en el respaldo de su silla, con una mano sobre la mesa, haciendo girar una copa de cristal entre sus dedos.
—Señorita Paloma, creí que su meta era casarse con un millonario. ¿Ya lo consiguió?
Paloma enrojeció al instante. Su mente se quedó en blanco y, mordiéndose el labio, no pudo articular palabra.
«¿Acaso esta es su venganza?».
Los presentes se miraron entre sí, intuyendo que algo importante estaba sucediendo, pero nadie se atrevió a preguntar.
Aunque el heredero aparentaba ser tranquilo, todos sabían que era un hombre de armas tomar.
Era evidente que tenía algún problema con la secretaria de Damián, y lo más prudente era no meterse.
Damián frunció el ceño, a punto de intervenir.
Pero Paloma forzó su sonrisa más profesional y respondió:
—Gracias por su interés, señor Zapata. Ya casi lo logro.
Arón la observó fijamente por un largo rato, con una expresión indescifrable.
Damián intervino para aligerar el ambiente.
—Paloma, ¿podrías ir a comprarme una cajetilla de cigarros, por favor?
Paloma, sin volver a mirar a Arón, tomó su celular y salió a toda prisa del salón.
Una vez fuera, las lágrimas que había estado conteniendo por fin rodaron por sus mejillas.
Un mesero que pasaba la miró con extrañeza.
Salió del restaurante y se quedó de pie en la entrada durante un buen rato.
Había una tienda justo al otro lado de la calle.
Los ojos de Paloma brillaron con lágrimas contenidas, y las palabras que quería decir se quedaron atoradas en su garganta.
Quería explicarle lo que había pasado.
Quería decirle que tenían un hijo.
Pero ya no tenía sentido.
Retrocedió un paso y esbozó una sonrisa amarga.
—Perdona, fui una imprudente.
Sin atreverse a mirarlo de nuevo, se dio la vuelta y caminó hacia el salón.
Dos minutos después de que ella regresara, Arón también entró.
Paloma mantuvo la cabeza gacha, escondida en su rincón, tratando de hacerse invisible.
Solo deseaba que esa cena terminara de una vez por todas.
Había buscado a ese hombre durante cinco años, y ahora que por fin lo había encontrado, lo único que quería era huir.
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