Dylan la miró, hundido en la más absoluta de las culpas.
—Todo esto es mi responsabilidad. Fui yo quien te falló. Casi las pierdo a las dos por mi estupidez, no merezco tu perdón.
Elara se aferró a su mano, llorando sin parar.
Dylan entrelazó sus dedos con los de ella.
—Elara, sé que la arruiné por completo. Te juro que jamás volverá a pasar algo así. Pero por favor, no llores más. Acabas de dar a luz, estás muy débil, si lloras ahora te vas a lastimar la vista.
Le besó el dorso de la mano con profunda devoción y dolor.
—Lo único que importa ahora es que te recuperes. Cuando estés bien, podrás castigarme como tú quieras.
Elara retiró su mano y volvió a desviar la mirada.
—No quiero verte.
Dylan se apoyó en la orilla de la cama y se levantó con mucho esfuerzo, debido al dolor en sus piernas por el castigo.
—Me voy a quedar en la sala de acá afuera. Si necesitas cualquier cosa, solo grita mi nombre y entro corriendo.
Elara no le contestó, solo cerró los ojos.
Dylan se quedó mirándola unos segundos más y luego se alejó, cojeando hacia la puerta.
No volvió a entrar a la habitación en toda la tarde, pero Elara sabía que no se había ido; escuchaba constantemente sus murmullos mientras le preguntaba a Marta cómo estaba.
No paraba de pedirle actualizaciones sobre su estado de salud.
En la noche, Dylan le mandó un mensaje con una foto de la niña.
*Elara, esta es nuestra bebé. Es hermosísima, tiene tus facciones.*
Al ver la foto de su hija en la pantalla, el rostro de Elara se suavizó de inmediato y una dulce sonrisa apareció en sus labios. Recorrió cada centímetro de su carita con la mirada.
La pequeña era una cosita diminuta; dormía profundamente con sus piernitas encogidas y los puños apretados.
Verla así hizo que su corazón se derritiera de ternura.

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