Sara se apresuró a decir:
—¡Cierto! Casi me olvido de algo tan importante. La señora Beatriz regresa pasado mañana. Todos tienen que cuidar mucho lo que dicen. Ella no tiene idea de todo el desastre que ha ocurrido en la casa estos últimos meses.
—No te preocupes, mamá. No dejaremos que la abuela se entere de nada —aseguró Valeria con un tono dulce.
La salud de Beatriz no era la mejor, por lo que pasaba la mayor parte del tiempo en un retiro en la montaña, buscando paz y tranquilidad.
Rosa, una empleada de toda la vida, la cuidaba de cerca y rara vez bajaban a la ciudad.
Su regreso se debía a que su cumpleaños estaba cerca.
Este año celebraba sus ochenta años, y la familia planeaba tirar la casa por la ventana.
Por eso, Eduardo la había llamado hace poco, pidiéndole que bajara a quedarse con ellos un tiempo.
Debido a su edad, le ocultaban muchas cosas.
Y ahora que volvía, lo mejor era mantenerla alejada de todos esos problemas.
—Hmpf, nosotros no diremos nada, pero ¿quién nos asegura que Alba no irá a llorarle a la abuela? Si llega a soltar la lengua delante de ella... —comentó Isaac con tono serio.
Eduardo resopló con frialdad.
—¡Que se atreva! Para la señora Beatriz, el prestigio de esta familia es lo más importante. Si descubre todos los escándalos que ha causado, ¡será la primera en darle una lección!
Valeria intervino con voz suave.
—Papá, mamá, no se mortifiquen. La abuela siempre me ha consentido. Yo me encargaré de mantenerla feliz.
Mateo soltó una carcajada burlona.
—Tiene razón. Con Valeria aquí, la abuela ni siquiera le prestará atención a esa chiquilla rebelde.
Pablo también estuvo de acuerdo.
—Claro, la abuela detesta a la gente sin modales. El carácter de Alba jamás sería de su agrado.
—¿Se creen que la señora Beatriz es tonta? Lleva décadas lidiando con problemas en el mundo de los negocios, ¡ya se sabe todos los trucos! Así que compórtense —les advirtió Eduardo antes de dirigirse a Mateo—. Llámale a tu tía y a la rebelde de tu hermana, y avísales que tu abuela está por llegar.
Si hasta sus propios padres la trataban de esa forma, ¿qué podía esperar de los demás?
Lana sostuvo su teléfono, con el ceño un poco fruncido.
—Alba, ¿qué vas a hacer? ¿Vas a ir?
Alba sonrió con tranquilidad.
—Claro que sí. Es el cumpleaños número ochenta de mi abuela. ¿Cómo podría faltar su propia nieta? Además... quiero ver hasta dónde son capaces de llegar con su teatro.
Lana suspiró y le dio unas palmaditas en el hombro.
—Tienes razón. Pero no te preocupes, yo estaré contigo. Tu abuela ya está mayor y a veces dice cosas sin pensar, por favor no te tomes a pecho sus comentarios.
A Lana también le dolía la cabeza por la situación. Su madre era muy terca y, aunque había intentado hacerla entrar en razón varias veces, Beatriz siempre terminaba haciendo lo que quería.
Lo que más le preocupaba a Lana era el momento en que su madre se enterara del divorcio; seguro iba a armar un escándalo.

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