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Esposa por contrato: La venganza de la heredera despreciada romance Capítulo 108

Pero esta vez, Lana estaba decidida a mantenerse firme.

Alba asintió.

—No te preocupes, tía, sabré cómo manejarlo.

Dos días después, el auto de Beatriz Moreno entró despacio a la mansión de la familia.

La abuela tenía el cabello completamente blanco, pero irradiaba energía y sus ojos eran tan penetrantes como los de un águila.

Apoyada en su bastón y del brazo de Rosa, entró a la sala principal, donde todos la esperaban con ansias.

—¡Mamá, qué bueno que ya llegaste! —se adelantó Sara con una enorme sonrisa.

Valeria se acercó dócilmente, tomó a la abuela del brazo y le dijo con dulzura:

—¡Abuelita, por fin estás aquí! ¡Te extrañé muchísimo!

Para la ocasión, Valeria se había puesto un vestido elegante y discreto, luciendo como la nieta perfecta.

Beatriz le dio unas palmaditas en la mano, sonriendo con cariño.

—Mi niña hermosa, yo también te extrañé.

Eduardo y los demás hermanos se acercaron a saludarla, y ella respondió a cada uno.

—Mamá, el viaje debió ser agotador. Pasa a descansar un rato, ya la comida está casi lista.

Beatriz asintió y comenzó a caminar rodeada por todos. De repente, se detuvo y frunció el ceño.

—¿Y Alba? ¿Dónde está?

El ambiente se congeló en un segundo.

El rostro de Eduardo cambió ligeramente antes de forzar una sonrisa.

—Alba ha estado un poco ocupada estos días, seguro se retrasa un poco...

Beatriz bufó con desprecio.

—¿Ocupada? Más bien creo que ya se siente muy independiente y hasta se le olvidaron los buenos modales.

Los ojos de Valeria brillaron con malicia, pero usó un tono suave.

—Abuelita, no te enojes con ella. Seguro mi hermana... tuvo algún percance en el camino.

Isaac aprovechó el momento para avivar el fuego.

—Abuela, es que no sabes. Ahora Alba se cree la dueña del mundo. Ya ni siquiera obedece a mis papás. Hace poco hasta...

—¡Isaac! —lo cortó Eduardo con severidad—. ¡Cállate!

Beatriz entornó los ojos, y su tono se volvió peligroso.

Sara se adelantó rápidamente tratando de calmar las aguas.

—Mamá, fue una cirugía menor, Lana no quería preocuparte...

—¿Una cirugía menor la dejaría en ese estado? ¿Acaso creen que ya estoy senil? —los interrumpió Beatriz con dureza—. Lana, dime la verdad. ¿Qué fue lo que pasó?

Los ojos de Lana se cristalizaron un poco.

—Mamá, ya pasó lo peor. Ahora estoy muy bien.

—Es cierto, abuela. La operación en la cabeza de mi tía fue un éxito, no hay de qué preocuparse —añadió Alba para tranquilizarla.

—Por cierto, ¿y Esteban? ¿Por qué no vino contigo? —preguntó Beatriz mirando detrás de Lana.

A Lana se le hizo un nudo en la garganta, pero finalmente se armó de valor.

—Mamá... Esteban y yo... nos divorciamos.

—¿Qué? —Beatriz se quedó de piedra y retrocedió medio paso, a punto de perder el equilibrio.

—Mamá, luego te cuento todos los detalles. Acabas de llegar, lo mejor es que descanses —intentó consolarla Lana.

Beatriz, que había soportado todo tipo de crisis a lo largo de su vida, recuperó la compostura rápidamente.

—De acuerdo. Al parecer, en mi ausencia, pasaron muchas más cosas de las que imaginaba.

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