Lo que Mateo menos esperaba era que Alba terminara charlando tan a gusto con su abuela y su tía. Al verlas ahí reunidas, sintió que le resultaría aún más difícil acercarse a hablar con ella.
—Albita, hoy te trataron muy mal —dijo la abuela Beatriz con indignación—. ¡Solo mira a ese par de hermanos inútiles que tienes, y a tu propia madre! ¡Es el colmo!
—Así es —agregó su tía Lana—, no sé qué clase de embrujo les dio Valeria. Ya es bastante malo que la favorezcan y la protejan todo el tiempo, ¡pero que además tengan el descaro de creer que es talentosa!
Al ver a su preciosa nieta acercarse, a la anciana se le estrujó aún más el corazón y no pudo evitar defenderla. Antes, Beatriz solía creer que esa tal Valeria conocía su lugar, que era una muchacha dócil y prudente; por eso la había tratado como a una nieta más. Pero aunque estuviera vieja, no estaba ciega ni senil. El tiempo siempre revela la verdadera cara de las personas, y ella había empezado a notar esos pequeños y sutiles detalles venenosos. Lo que de verdad no lograba comprender era si a su hijo, a su nuera y al resto de su familia se les había zafado un tornillo para seguir tan ciegos a estas alturas. Y, por si fuera poco, su ceguera había provocado que sus propios nietos trataran a una extraña con el cariño y el cuidado que solo le debían a su hermana de sangre. Cuanto más lo pensaba, más le hervía la sangre de furia y menos sabía cómo arreglar semejante desastre. A su lado, Lana Moreno, quien siempre había tenido una clara preferencia por Alba, tampoco soportaba ver a su sobrina sufrir injusticias. Especialmente ahora que había demostrado ser tan brillante, salvándola literalmente de las garras de la muerte; eso solo hizo que Lana la adorara todavía más.
—Abuela, tía, no se preocupen. A esa no le queda mucho tiempo de gloria —dijo Alba sin darle la menor importancia.
Y era la pura verdad. Cada vez que esa idiota intentaba sobresalir, su farsa no duraba ni un mes; a lo sumo, disfrutaba de unos diez días de fama antes de terminar hundida en su propia miseria. Verla subir radiante y orgullosa a su pedestal de mentiras, solo para darle el golpe de gracia y derribarla... no había sensación más satisfactoria en el mundo. Mientras tanto, Mateo, quien las había seguido con el rabo entre las piernas, intentaba mantener su habitual aire de superioridad mientras buscaba desesperadamente una excusa para meterse en la conversación, pero las palabras se le atascaban en la garganta. Sabía perfectamente que su abuela y su tía estaban de lado de Alba y que ya no toleraban a Valeria. Lo que jamás imaginó fue que ambas mujeres habían sido las únicas con la mente clara todo este tiempo; las únicas dos integrantes de la línea directa de la familia Moreno que no habían sufrido el lavado de cerebro de Valeria. Tal vez en el pasado, por respeto a sus padres, no la habían tratado mal en público, pero al escuchar su tono y actitud ahora, resultaba evidente que ambas sabían perfectamente qué clase de víbora era Valeria en realidad.
—Tía, ¿tú sabes qué clase de persona es Valeria a puerta cerrada?

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