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Esposa por contrato: La venganza de la heredera despreciada romance Capítulo 411

Por otro lado, en la antigua mansión de la familia Moreno, la vieja Beatriz y Lana Moreno también habían visto el mensaje.

Solo que no mostraron ninguna reacción, ni respondieron. Actuaron como si no lo hubieran visto.

Si se lo hubiera enviado cualquier otra persona, tal vez se habrían preocupado o tomado el asunto en serio.

Pero viniendo de Valeria, no creían ni una sola palabra.

—No entiendo cómo Pablo e Isaac siguen tan ciegos, dejándose manipular por esa mosquita muerta —comentó Lana, mientras acompañaba a su madre a tomar un té.

—¡Ah! Si Sara y Eduardo, que son los padres, se dejan mangonear por esa hija adoptiva, qué podemos esperar de los más jóvenes —respondió Beatriz Moreno, enfurecida solo de mencionarlo.

Hacía unos días, cuando su hijo Eduardo fue a cenar, ella le había advertido seriamente sobre Valeria. Le sugirió que ya era hora de que Valeria se mudara y empezara a vivir por su cuenta.

Lamentablemente, Eduardo no estuvo de acuerdo. Dijo algo sobre que la niña aún no se había casado ni establecido, y que echarla de repente sería demasiado cruel.

La anciana le dijo directamente que esa hija adoptiva no tenía nada de inocente, pero él se negó a creerle.

A su edad, Beatriz ya no tenía energía para discutir con él, y mucho menos para andar reuniendo pruebas. Al final, el asunto terminó en una discusión amarga y quedó en la nada.

—¿Por qué no aprenden del mayor? Mira lo sensato que es Mateo hoy en día —dijo Lana, considerando que su sobrino mayor se había vuelto mucho más inteligente, o al menos mucho mejor que los otros dos.

—Bueno, que se las arreglen como puedan.

En contraste con la reacción de la familia Moreno, Liam Góngora, en otro lugar, estaba mucho más tranquilo.

Aunque su rostro no mostraba ninguna emoción aparente, en medio de la junta que estaba presidiendo, frunció el ceño.

Se puso de pie, le murmuró un par de palabras a su asistente y salió de la sala de reuniones de inmediato.

Los presentes, que ya sentían la presión asfixiante de su aura imponente, soltaron un suspiro de alivio al verlo salir.

Como él llevaba un auricular, nadie sabía qué había visto o escuchado el señor Góngora para irse con tanta prisa.

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