—Me gustan mucho las hamburguesas que le gustan a papito. — decía Gabriel bastante animado.
—¡A mí también me gustan! — gritó Emma entusiasmada.
Katherine Holmes escuchaba a sus hijos hablando, detrás de la puerta cerrada de la habitación de los pequeños. Recién regresaba de su breve reunión con John Bennett en donde le informó todo, y suspirando tristemente se encaminó hacia su propia habitación.
Había dado también una breve visita a María, y se sentía tranquila al saber que su pronóstico era favorable; el cansancio y estrés sumados a su edad, le habían pasado factura finalmente y ya no podría ser la niñera a tiempo completo de sus gemelos, por lo cual, tendría que buscar una nueva niñera a medio tiempo, para que María tuviese oportunidad de descansar. Por supuesto, no iba a despedir a la querida nana de sus pequeños, pues tanto ella como los niños la adoraban, y había ya cubierto toda la cuota médica prometiendo también cuidar de la anciana y seguir pagando por los tratamientos que llegase a necesitar.
Sin embargo, Katherine no se sentía bien consigo misma.
Dejando su costoso bolso sobre la mesa de noche, la hermosa rubia se sentó sobre la cama, cubriéndose el rostro con ambas manos y sintiendo como sus lágrimas calientes se resbalaban desde sus ojos hasta sus mejillas.
Henry Bennett ya sabía todo sobre sus hijos, y sus hijos ya sabían todo sobre ese hombre. Escuchándolos en su habitación hablando de su padre como lo habían venido haciendo desde hacía varias noches, se sintió dolorida, pues sus pequeños gemelos realmente habían añorado desde que tuvieron conciencia a su padre, y ella, deliberadamente, le había negado aquel derecho debido a su propio rencor.
Henry, por otro lado, había podido simplemente culparla; gritarle y reprocharle el que haya ocultado a sus hijos durante tanto tiempo, y, admitía para ella misma, de no haberse visto descubierta jamás habría sido su intención permitirle a ese hombre saber la verdad sin pensar demasiado en las consecuencias que eso estaba trayendo a Gabriel y Emma…sin embargo, en vez de gritarle, en vez de poner a sus hijos contra ella como tan fácilmente habría podido hacer en ese momento en que se confrontaron, el decidió bajar los puños, y pedirles a sus hijos que regresaran con ella…estaba confundida, dolorida y enojada con él y con ella misma por causarle dolor a sus pequeños, y ahora mismo ni siquiera sabía que era lo que iba a hacer. Meditó.
Caminando a su armario, Katherine tomo aquella caja donde guardaba aquellas fotografías del día de su boda, y sintió un vacío dentro de sí misma, al mirar nuevamente que seguía haciendo falta aquella foto que Gabriel y Emma tomaron sin permiso, en un intento completamente desesperado para saber quién era su verdadero padre…y todo aquello, era tan solo culpa suya.
Repasando con sus yemas el rostro de Henry, las lágrimas se seguían derramando desde sus ojos verdes, mientras su mente volvía a imaginar aquella vida que ella y sus hijos habrían podido tener, si tan solo Henry no hubiese creído en las mentiras de Emily Gibson. Aquel rencor aún estaba latente, y el odio que durante tantos años había sentido hacia su exesposo y esa mujer, no había desaparecido del todo.
¿Cómo iba a poder vivir a partir de ese momento, si ella no podía aun perdonar a Henry, pero sin poder tampoco negarle a su padre a sus pequeños hijos?


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Exesposa al ataque! Ceo, tengo a tus gemelos.