Fabián Gallegos levantó la vista de unos planos que fingía revisar. Al ver a Fabiola parada en el umbral, su expresión se endureció al instante. Se echó hacia atrás en su silla de cuero, cruzando los brazos sobre el pecho en una postura defensiva.
—Te dije que no quería verte. ¿No entiendes español? —espetó Fabián con voz fría.
Fabiola no se inmutó. Caminó hasta el escritorio y arrojó la carpeta de cuero sobre la superficie pulida. Los papeles se deslizaron, dispersándose frente a él.
—Léelos —ordenó Fabiola, señalando los documentos con el dedo—. Paulina te está robando, Fabián. Está desviando fondos de las cuentas operativas a una empresa fantasma. Le está enviando dinero a Santiago Robles.
Fabián ni siquiera bajó la mirada a los papeles. Soltó una risa seca, incrédula, y negó con la cabeza.
—Eres increíble, Fabiola. De verdad. No tienes límites.
—¿De qué estás hablando? —Fabiola frunció el ceño, confundida por su reacción.
—Estás celosa —dijo Fabián, poniéndose de pie y apoyando los nudillos en el escritorio—. No soportas que Paulina tenga éxito con su marca, no soportas que yo haya encontrado la felicidad. Te carcome que vaya a ser padre con la mujer que amo y que tú te hayas quedado fuera.
Fabiola sintió que la sangre le hervía, pero mantuvo la voz firme.
—¡Esto no se trata de ti ni de tu novia falsa! ¡Lee los malditos números! —gritó, golpeando la mesa con la palma abierta—. ¡Están desangrando la empresa! ¡Son millones, Fabián! Si no paras esto ahora, el Grupo Barrera va a quebrar en meses.
Fabián la miró con asco. Agarró el montón de estados de cuenta y reportes financieros que Fabiola y Facundo habían tardado horas en compilar.
Sin leer una sola línea, los rompió por la mitad.
El sonido del papel rasgándose llenó la oficina. Fabián volvió a juntar las mitades y las rompió de nuevo, con movimientos bruscos y violentos, hasta que solo quedaron pedazos inútiles que dejó caer sobre la alfombra.
—Lárgate, Fabiola —dijo, señalando la puerta con un dedo tembloroso de rabia—. No quiero volver a verte aquí. Y no te atrevas a acercarte a mi familia.
Fabiola miró los papeles rotos en el suelo. Eran la única prueba física que tenía en ese momento, el único salvavidas que le había lanzado.
Algo dentro de ella se apagó. La última chispa de lealtad hacia el hombre que su abuelo había criado se extinguió. Pero al mismo tiempo, algo nuevo se encendió: una llama fría y dura de determinación.
Fabiola levantó la vista y lo miró a los ojos. Su rostro estaba completamente inexpresivo.
—Está bien, Fabián —dijo con voz suave, casi un susurro—. Te advertí. Hice lo que mi abuelo hubiera querido. Pero tú elegiste tu tumba. Cuando te quedes sin nada, no me busques.
Agustín la miró un momento, evaluando su determinación. Luego, una sonrisa lenta y depredadora se dibujó en sus labios. Era la sonrisa del lobo que finalmente tiene permiso para cazar.
Tomó la mano de Fabiola, le dio la vuelta y besó la palma con delicadeza, sin dejar de mirarla a los ojos.
—Tus deseos son órdenes, mi reina.
Agustín soltó su mano, sacó su teléfono celular del bolsillo interior del saco y marcó un número rápido.
—Facundo —dijo en cuanto contestaron—. Ejecuta la Orden 66. Compra la deuda del Grupo Barrera. Vamos a embargarlos. Quiero que no les quede ni para pagar la luz.
Colgó el teléfono y lo lanzó al asiento trasero. Puso el auto en marcha y pisó el acelerador. El Maybach rugió y se alejó del edificio Barrera, perdiéndose en el horizonte de la ciudad.
...
El Salón de Baile del Hotel Lucero brillaba con miles de luces. Violeta Montes había tirado la casa por la ventana para la Gala Benéfica Anual. Era su gran jugada de relaciones públicas: limpiar la imagen de la familia tras los rumores de la enfermedad repentina de Gastón y consolidar su posición como la matriarca sufrida y fuerte.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Florecer en Cenizas
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