Violeta estaba parada en el centro del salón, vestida de negro riguroso, con un collar de perlas discreto. Saludaba a los invitados con una expresión de tristeza digna, aceptando condolencias prematuras y pidiendo oraciones por su "pobre hijastro".
A su lado, Cristóbal Montes, el mayordomo traidor, vigilaba todo con ojos de halcón, asegurándose de que nadie hiciera preguntas incómodas sobre el diagnóstico médico o la ausencia de otros familiares.
De repente, el murmullo de la sala se detuvo. Las cabezas se giraron hacia la entrada principal.
Las puertas dobles se abrieron de par en par.
Fabiola entró. Sola.
No vestía de luto, ni de colores sobrios. Llevaba un vestido dorado impresionante, de tela metálica que parecía oro líquido sobre su piel, con un escote profundo en la espalda.
Caminaba con la cabeza alta, irradiando poder y victoria. A su lado, no había ningún hombre, pero su presencia llenaba el salón como si tuviera un ejército a sus espaldas.
Entró robando el aire de la habitación. Los fotógrafos se olvidaron de Violeta y corrieron hacia ella, disparando sus flashes.
Violeta se puso rígida. La máscara de madre abnegada se le resbaló por un segundo, dejando ver la furia pura.
Caminó rápidamente hacia ella, interceptándola antes de que llegara al centro de la pista.
—¿Qué haces aquí? —siseó Violeta entre dientes, forzando una sonrisa falsa para las cámaras—. No estás invitada. Esto es un evento familiar privado. Largo de aquí.
Antes de que Fabiola pudiera responder, una figura masculina se interpuso. No era Agustín, sino Facundo, con una carpeta de documentos en la mano y una sonrisa afilada.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Florecer en Cenizas
Queria esse lucro em português brasileiro...