A decir verdad, sentía mucha curiosidad por esta niña.
Era brillante, educada y, sorprendentemente, tenía criterio propio. A esa edad, la mayoría de los niños no habían desarrollado mucho su intelecto, pero esta pequeña era completamente diferente.
Él sabía algunas cosas sobre la familia Herrera.
Eso solo aumentaba su intriga por saber quiénes eran los padres de la niña.
Lina levantó la vista, lo miró a los ojos, parpadeó un par de veces y respondió:
—Mi papá está muerto.
La respuesta lo tomó totalmente por sorpresa.
Sebastián frunció el ceño sin darse cuenta.
Un destello de emoción cruzó su mirada: —Lo siento.
Lina hizo un gesto restándole importancia con la mano: —No importa, igual no necesito un papá. Con mi mamá es suficiente, ella es mejor que muchas personas juntas.
Sebastián siempre había pensado que hablar de la muerte entristecía a los niños, que sus corazones eran frágiles, sobre todo en una edad en la que tanto necesitan a un padre.
Pero a la niña que tenía enfrente no parecía importarle en absoluto no tener uno.
—Ya me hizo muchas preguntas, ahora es mi turno —Lina consideraba que era injusto que solo él preguntara. Giró la cabeza para mirarlo—. ¿Usted es el papá de Saúl Jr.?
Sebastián alzó una ceja: —No.
—¿Entonces por qué finge serlo? ¿Él no tiene papá? ¿O a usted le gusta fingir ser el papá de los demás niños? —Su voz era suave y tierna, pero cargaba con un filo incisivo.
Sebastián no tenía ninguna intención de mentirle:
—Todavía no tengo hijos.
—Oh... —Lina parecía entenderlo a medias. De repente, señaló hacia lo lejos—. ¿Entonces va a tener bebés con su esposa?
Sebastián siguió la dirección del dedo de Lina.
Allí estaba Silvana Iriarte, charlando animadamente con un grupo de madres ricas.
Sus ojos no mostraron emoción alguna, sus labios se movieron levemente.
Justo cuando estaba a punto de responder.
—Lina, ya nos vamos.
La aparición de Vera Suárez interrumpió sus palabras.

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