La sola mención de ese asunto le dio dolor de cabeza a Vera.
La sonrisa que acababa de asomar a su rostro se desvaneció al instante. —Ya está tramitada.
Una leve emoción cruzó por la mirada de Adriano antes de preguntar: —¿Y cuándo planeas transferir los papeles de Lina?
En el pasado, cuando registraron a Lina bajo su apellido para que Vera estuviera tranquila, él había firmado un acuerdo legal comprometiéndose a cooperar y facilitarle todos los trámites cuando ella, la madre biológica, lo decidiera.
Vera bajó la mirada, algo decaída, y se disculpó: —He tenido un problema con mis documentos y necesito resolverlo primero. Creo que tendré que retrasarlo un poco.
No entró en detalles sobre lo ocurrido; no había necesidad de abrumar a Adriano con sus problemas personales.
Adriano mantuvo la vista fija en la carretera. —¿Es muy complicado?
—...No tanto, es solo cuestión de tiempo.
—Pero el divorcio ya es un hecho, ¿verdad? —preguntó, queriendo asegurarse.
Vera asintió con firmeza: —Sí, ya es definitivo.
Oficialmente, era una mujer divorciada.
Satisfecho con la respuesta, Adriano no hizo más preguntas. Sabía cuándo detenerse.
Vera le había pedido a Adriano que no la llevara hasta la misma puerta de la Residencia Zambrano, sino que la dejara a un kilómetro de distancia. Toda esa zona era un fraccionamiento privado y no era prudente que lo vieran entrando allí con ella.
—Cuando tengas todo listo, avísame a cualquier hora. Estoy a tu disposición para ayudarte con los trámites —dijo Adriano sin apagar el motor del auto. Mantenía una clara línea de respeto entre ambos para no presionarla de ninguna manera.
Esa actitud hizo que Vera soltara un suspiro de alivio.
Una sonrisa sincera iluminó su rostro mientras se inclinaba hacia la ventanilla para despedirse: —Perfecto. Conduce con cuidado.
La mirada de Adriano se detuvo en su rostro por un par de segundos antes de responder: —Lo haré.
Antes de que ella se alejara, él tomó una bolsa de regalo del asiento trasero y se la entregó por la ventana: —Tu regalo.
Vera se sorprendió; ¡de verdad le había traído uno!
Tras dudar un instante, lo aceptó. Si él había traído regalos para todos, rechazar el suyo sería de mala educación y la haría parecer pretenciosa. —Muchas gracias.
Adriano añadió: —Cuando regrese de Miami, nos sentaremos a hablar con más detalle.

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