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Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano romance Capítulo 283

La cumbre médica se celebró en uno de los hoteles más exclusivos de la capital.

Al evento asistirían grandes eminencias de la medicina moderna y tradicional, figuras que normalmente solo se veían en revistas especializadas.

Héxilo Digital recibió su invitación, y esa misma mañana, Pedro pasó a buscar a Vera para ir juntos.

Vera jamás había estado rodeada de tantos gigantes de la industria. Había pasado los últimos años trabajando desde abajo y casi no tenía contacto con las altas esferas del medio, con la única excepción del Maestro Cárdenas, que para ella era familia.

Por eso, verse de pronto inmersa en ese mundo la ponía un poco nerviosa.

Pedro lo notó y la bromeó mientras conducía: —¿Nuestra futura profesora adjunta está nerviosa? Tu nivel académico no es precisamente bajo, ¿eh?

Ella lo miró de reojo. —No es lo mismo. ¿Acaso a ti no te impone ver a los directores académicos?

Frente a todas esas eminencias, ella se sentía como una simple novata.

Por mucho talento que tuviera, la experiencia y la madurez de esa gente jugaban en otra liga.

Pedro conocía bien a Vera, así que la tomó del brazo y la impulsó a caminar con seguridad. —Ya estamos aquí, hay que dar la cara. De ahora en adelante vas a tratar con esta gente a diario. No te achiques. Esos veteranos no siempre son amables mentores; a veces no soportan que los jóvenes los superen. No todos tienen el gran corazón del Maestro Cárdenas, así que tienes que demostrarles que estás a su altura.

En ese círculo, las recomendaciones y apoyos solían basarse en intercambios de intereses.

Vera estaba ahí solo porque tenía un talento indiscutible.

Cualquier otra persona necesitaría contactos o influencias millonarias para siquiera pisar ese salón.

Por fortuna, Pedro era hijo del famoso Dr. Pascual Zárate, así que muchos de los presentes le daban un trato preferencial.

Varios se acercaron a saludarlo.

Sin dudarlo, Pedro presentó a Vera con entusiasmo: —Les presento a la investigadora principal de Héxilo Digital...

—¿El Señor Zambrano?

Antes de que pudiera terminar, alguien exclamó sorprendido.

La presentación quedó a medias.

Era evidente que a nadie le importaba una cara nueva como la de Vera. Después de saludar cordialmente a Pedro, ignoraron por completo a la chica y desviaron su atención hacia la entrada, donde acababa de aparecer Sebastián Zambrano.

Vera no se sorprendió en lo más mínimo por esa actitud.

Eran personas arrogantes; no iban a perder el tiempo con alguien que consideraban una "don nadie".

Ella también miró en esa dirección.

Sebastián Zambrano destacaba entre la multitud de forma abrumadora. Tenía un aire de elegancia y distancia que imponía respeto. Y a su lado, beneficiándose de su luz, estaba Silvana Iriarte, acaparando las miradas y la curiosidad de todos.

Vera no esperaba que Sebastián se dirigiera precisamente hacia donde ellos estaban.

En cuanto llegó, todo giró en torno a él.

Los médicos que segundos antes escuchaban a Pedro, ahora se desvivían por saludar a Sebastián con sonrisas de oreja a oreja. Aprovecharon la oportunidad para preguntar: —¿Y esta bella acompañante es...?

Sebastián pareció ni siquiera notar a Vera. —Silvana Iriarte. Viene del sector farmacéutico y ahora dirige un proyecto de inteligencia artificial médica.

Una frase breve, pero letal.

Vera apartó la mirada y respondió con total seriedad: —Pensaba en que estos cuernos que llevo puestos tienen tantos años que ya podrían exhibirse en un museo como una antigüedad de mal gusto.

Pedro se quedó sin palabras.

A veces de verdad admiraba el humor negro de Vera para burlarse de su propia desgracia.

En ese momento, Leo Flores se acercó. Al ver que Vera estaba ahí, plantada cerca de Sebastián y Silvana sin la decencia de apartarse, frunció el ceño.

Recordó lo que le había contado su abuelo.

¡Vera había intentado robarse el crédito de Silvana tras salvarle la vida al anciano!

¡Qué bajeza!

Soltó una carcajada burlona, se acercó y dijo con veneno: —Hay cosas que pertenecen a quien pertenecen. Ya sea el mérito o el marido. Eso no es algo que se pueda robar por mucho que uno lo intente.

No mencionó nombres ni detalles.

Pero habló lo suficientemente alto para que Sebastián y Silvana lo escucharan a unos pasos de distancia.

Fue entonces cuando Sebastián pareció notar la presencia de Vera, mirándola con frialdad.

Silvana levantó una ceja.

Sabía perfectamente que Leo la estaba defendiendo.

Estaba diciendo que Vera no estaba a su altura, y peor aún, que era una ilusa si creía que podía competir contra ella y ganarle.

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