Ni siquiera tenía el estatus oficial que ostentaba Silvana Iriarte.
—Lo lamento, señora. Nuestro director general no se encuentra en este momento. Me temo que hoy no será posible que la reciba —respondió la recepcionista con una sonrisa perfecta y calculada, tras colgar el teléfono de la oficina de presidencia.
Por un instante, Vera no supo distinguir si realmente no estaba o si simplemente le estaban negando el paso.
—¿A qué hora regresará? —Vera no estaba dispuesta a ceder tan fácil.
La recepcionista titubeó un segundo.
—Lo siento mucho. El asistente Quintana, de la oficina de presidencia, me informó que el señor Zambrano dedicó el día a acompañar a su novia. Le pide que regrese en otra ocasión.
En ese instante, Vera lo comprendió todo.
Con razón Sebastián Zambrano no contestaba sus llamadas. Estaba muy "ocupado" y no quería que lo molestaran.
Para agendar una cita en recepción había que dar el nombre. Quintana sabía perfectamente que ella estaba esperando en la planta baja, pero aun así dio la orden de no dejarla pasar.
Y, por si fuera poco, se había asegurado de informarle el paradero de Sebastián.
No era más que una táctica para humillarla o, en su defecto, para obligarla a entender cuál era su lugar.
Naturalmente, Vera no se desquitó con la recepcionista. Después de todo, la culpa no era de ella.
Al salir del majestuoso edificio del Grupo Zambrano, la realidad la golpeó con retraso.
¿Acababan de echarla a la calle? A pesar de que, como parte del inminente divorcio, Sebastián le había cedido acciones del Grupo Zambrano, ni siquiera podía cruzar la puerta de la empresa.
Mientras que Silvana, la amante oficial, entraba y salía como si fuera la dueña del lugar.
Sin forma de contactar a Sebastián, Vera se quedó sin opciones.
Cobrar el dinero que le debían y exigir el acta de divorcio tendrían que esperar.
Tras su amarga derrota, el teléfono de Vera sonó. Era Adriano Herrera.
—¿Señor Herrera?
Al otro lado de la línea, Adriano guardó silencio un instante.
—Vera, no hace falta que seamos tan formales.
A Vera no le importaban demasiado los títulos, pero su relación con Adriano siempre había sido estrictamente profesional, y la costumbre pesaba.
—¿Tienes planes para hoy? —preguntó él con paciencia, sin presionarla.
Vera miró la hora.
—No, de hecho, hoy es mi día de descanso.
Llevaba una semana sin pisar la Residencia Zambrano. Su cuerpo y su mente necesitaban una tregua, y hoy por fin podía respirar.
La voz de Adriano sonó clara a través del auricular:
—Están por inaugurar un nuevo centro de entretenimiento. Me enviaron una invitación para la fiesta de prueba exclusiva de esta noche. ¿Te gustaría venir conmigo y llevar a Lina para que se divierta un rato?

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