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Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano romance Capítulo 312

El aire pareció congelarse por un instante.

El grupo que venía charlando animadamente sobre las perspectivas de la industria, nuevas políticas médicas e inversiones, enmudeció por completo.

Los ojos profundos de Sebastián Zambrano se clavaron en el rostro de Vera, para luego descender lentamente hasta la mano de Lorenzo, que aún apresaba la muñeca de la joven. Y justo detrás de ellos, la cama cubierta de pétalos de rosas coronaba la escena.

La supuesta relación íntima entre ambos parecía haber quedado expuesta ante todos de la manera más gráfica posible.

Sin embargo, Adriano Herrera no mostró ninguna reacción exagerada.

Como si lo que estuviera viendo no fuera la gran cosa.

Julián Valdés, que había estado observando a Adriano desde el principio, frunció el ceño ante su falta de reacción.

Alguien entre la multitud rompió el silencio:

—Hablar de romances en este tipo de eventos no es muy profesional que digamos. Habiendo tanta gente, y ni siquiera pudieron aguantarse un rato...

—Una mujer debería darse su a respetar. Todos vinimos a hablar de ciencia y medicina, cosas serias, y ellos dando este espectáculo tan indecente...

—Resulta que la Señorita Suárez y el Señor Luján se traían algo entre manos. Nos vieron la cara a todos mientras se escabullían para sus encuentros privados.

Los murmullos se propagaron como fuego entre los presentes.

Era imposible distinguir quién había hablado o quién había encendido la mecha del chisme.

Al escuchar aquello, los labios de Silvana se curvaron en una imperceptible sonrisa.

Le lanzó una mirada a la ahora "señalada" Vera, y volviéndose hacia un silencioso Sebastián, comentó:

—Vaya, parece que su relación ha avanzado bastante rápido.

Mientras lo decía.

Observó disimuladamente a Adriano, que estaba a pocos pasos.

Su desprecio hacia Vera creció.

Eso era lo que pasaba por querer jugar a dos bandos y quedarse sin ninguno.

¿Acaso un hombre como Adriano Herrera iba a tolerar a una mujerzuela tan fácil como Vera?

Silvana volvió la mirada hacia Vera, soltó una risa ligera y preguntó con fingida curiosidad:

—Vera, cuando el Señor Luján te declaró su amor, ¿también lo aceptaste?

Ese "también" estaba cargado de veneno.

Primero había sido la insistencia pública de Lorenzo, y luego la declaración de Adriano frente a todos. Vera lo había agarrado todo.

Adriano no era estúpido; entendería la indirecta a la perfección.

Para Silvana, Vera no era más que una arribista manipuladora. Querer casarse con un Herrera era un sueño guajiro.

Con esto, tanto Adriano como Lorenzo finalmente verían la verdadera cara de Vera.

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