Lorenzo percibió en Adriano una hostilidad muy sutil, esa clase de rivalidad territorial que los hombres detectan instintivamente.
Le preguntó:
—Señor Herrera, ¿qué significa esto?
Adriano pronunció cada palabra con absoluta claridad:
—A la Señorita Suárez no le agrada que se le acerque de esa manera tan forzada. Por favor, respétela.
Lorenzo tensó la mandíbula:
—Señor Herrera, ¿la está protegiendo o acaso...?
Adriano levantó la mirada:
—Me gusta Vera.
Una confesión simple y directa.
Cortó de tajo aquella situación ridícula, soltando una verdadera bomba frente a todos.
Los que no entendían qué estaba pasando miraron a Adriano boquiabiertos.
¡El futuro patriarca de la familia Herrera, el mismísimo Adriano, sintiendo algo por una mujer con una reputación tan manchada!
La sonrisa condescendiente de Lorenzo se congeló en su rostro.
Incluso Vera se quedó perpleja.
Los fríos ojos de Sebastián Zambrano se entrecerraron lentamente, mientras una imperceptible sonrisa de burla asomaba en sus labios.
Pero su mirada no estaba puesta en Adriano, sino en la persona clave de toda esa reunión: Doña Elia Valdés.
Pasaron varios segundos hasta que la multitud pareció despertar del shock y comenzaron a buscar frenéticamente la reacción en el rostro de Doña Elia.
Porque la gran mayoría de los presentes sabía perfectamente que Adriano estaba comprometido con la heredera de los Valdés...
Lo que acababa de hacer era, ni más ni menos, que destruir la fachada de cordialidad entre ambas familias en la propia cara de Doña Elia. Acababa de poner las cartas sobre la mesa.
Como era de esperarse, la expresión de Doña Elia no era nada amigable.
No había anticipado que las cosas llegaran a ese punto.
Julián Valdés hirvió de furia. Su único objetivo había sido lograr que Adriano desistiera de Vera al verla en una situación comprometedora, pero en lugar de alejarse de ella, ¡había confesado su amor en público! ¡Frente a él, frente a su abuela, frente a toda la alta sociedad!
¡La situación se había salido de control hasta un punto sin retorno!
—Zarco, por favor escolta a los invitados al salón principal para la hora del té —ordenó Doña Elia con voz cortante.
A Vera se le puso la piel de gallina.
Estaba despachando a los espectadores para quedarse a solas con los involucrados y resolver el asunto cara a cara.
Al final, había terminado metida de lleno en este desastre.


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