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Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano romance Capítulo 665

Vera se dio la vuelta.

Una bofetada voló hacia ella con tanta rapidez que se vio como una sombra borrosa.

Pero los reflejos de Vera fueron más rápidos. Dio un ágil paso hacia un lado, atrapó la mano de su atacante —aún adornada con uñas largas y afiladas— y la empujó hacia atrás con fuerza bruta.

—¿Estás loca?

Vera la miró con frialdad. El empujón fue tan brusco que Silvana trastabilló y apenas pudo mantener el equilibrio.

Si esa bofetada le hubiera dado de lleno, le habría roto la piel.

El rostro de Silvana era un poema. Cuando por fin logró estabilizarse, sus ojos ardían con rabia y una profunda amargura. Hoy había ido con Beatriz a revisar los registros de La Antigua Joyería para asegurarse de que no quedara evidencia de lo que Beatriz había hecho en el pasado.

Y entonces, se topa con Vera.

Lo único en lo que pudo pensar fue en la humillación que había sufrido durante el banquete de Don Elías, todo frente a los ojos de Vera.

Vera seguro se había reído a carcajadas a sus espaldas.

¿Cómo iba a tragarse ese coraje así como así?

—¿Qué derecho tienes tú de estar aquí? —El resentimiento se le acumulaba en la garganta. Ver a Vera en la joyería que alguna vez casi formó parte de su dote matrimonial solo despertaba en ella un rechazo absoluto.

Vera podía notar lo inestable que estaba.

Pero eso no le daba derecho a usarla como su saco de boxeo. Vera la miró de reojo:

—Si tus problemas amorosos te tienen desquiciada, no vengas a buscar pelea conmigo. Te equivocaste de persona.

Era obvio.

¿No se había reconciliado con Sebastián?

Si no, no estaría comportándose como una histérica.

Esa frase atravesó el pecho de Silvana. Su rostro, ya pálido y demacrado, se tensó aún más. Sin embargo, no tardó en reaccionar. Con una sonrisa retorcida y sombría, escupió:

—Me parece que estás alucinando, Vera. Aunque Sebastián y yo tengamos algunos problemas, no te creas que puedes sentarte tranquilamente a jugar a ser la esposa perfecta y disfrutar del botín.

Sus ojos destilaban malicia y un regocijo enfermizo:

—Sebastián es mucho más cruel y despiadado contigo de lo que lo es conmigo. Por lo menos yo llegué a recibir su cariño y trato especial en su momento. ¿Pero tú qué tienes? Aparte de ese matrimonio que conseguiste obligándolo con tus jueguitos sucios, ¿qué más te dio? ¡Sebastián jamás va a amarte! ¡Te va a odiar y despreciar el resto de su vida!

Silvana había investigado y sabía un poco de la situación.

Pelear ahora con alguien tan insignificante como Vera era una pérdida de tiempo. No iba a resolverle la vida.

—Déjala en paz, Silvana, no vale la pena. Tenemos asuntos más importantes que atender —intervino Beatriz, acercándose desde atrás para jalar a su hija, que estaba a punto de estallar.

El colapso de Núcleo Industrial había sido la gota que colmó el vaso.

Ya no tenían más alternativas.

Silvana respiró hondo, le lanzó una última mirada cargada de veneno a Alexa y Vera, y se dio la vuelta para marcharse.

Vera observó cómo se alejaban.

No pudo evitar fruncir el ceño.

Por lo visto, Sebastián y Silvana habían roto definitivamente. Pero si era así, ¿por qué los guardias las dejaron entrar a la joyería? ¿No las habían vetado?

¿Era porque aún tenían el acceso antiguo y no se había dado la orden de revocarlo?

Vera no entendía qué pasaba por la cabeza de Sebastián; supuso que estaba demasiado abrumado con los problemas de la Sede del Grupo Zambrano como para prestar atención a estos detalles.

—Profesora, ¿acaso te afectó lo que dijo esa bruja? —Alexa, al ver que Vera se quedó callada, se acercó y preguntó con timidez—. No le hagas caso a sus tonterías. Han estado casados durante años, es imposible que no quede algo de cariño entre ustedes.

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