La voz de Vera sonó increíblemente serena.
Soltó la palabra "esposo" de la nada.
Todos en la mesa dejaron caer los cubiertos y voltearon a verla.
Incluso a Silvana se le descompuso la cara.
Solo Sebastián, con sus ojos negros e insondables, permaneció callado, mirándola fijamente sin inmutarse.
Julián Valdés también la miró, sorprendido.
Sin embargo, Vera les regaló a todos una sonrisa radiante, como si fuera a contarles un secreto fascinante.
—Mi esposo...
—Para serles sincera...
—Soy viuda. Mi esposo pasó a mejor vida, pero me lo desenterraron para hacerle un amarre de amor en el más allá.
"..."
"..."
Un silencio sepulcral se apoderó de la sala privada.
Alguien reaccionó confundido: —¿En serio?
Vera asintió con cara de frustración: —Se llevaron hasta los huesos. Eso sí, cuando colgó los tenis todavía no estábamos divorciados. ¿Ustedes creen que eso cuente como infidelidad?
Al principio, todos casi se la tragan entera.
Pero con ese remate digno de humor negro puro...
Hubo otros segundos de silencio.
Y entonces, la mesa estalló en carcajadas.
Todos pensaron que era un chiste excelente y le siguieron el juego: —¡Claro que cuenta! ¡Qué falta de respeto! ¿A quién se le ocurre desenterrar a un hombre casado? ¿Tan urgida estaba la otra?
—¡Jajaja! ¡Hasta de muertos andan de mujeriegos! Seguro en el más allá se quedaron sin hombres.
El rostro de Silvana se volvió sombrío como una tormenta.
Con los labios apretados, fulminó a Vera con la mirada.
Sabía perfectamente lo que estaba haciendo.
Vera acababa de insultarla a ella y a Sebastián de la peor manera posible en sus propias caras.
Sebastián apoyó el brazo sobre la mesa. Sus dedos largos y elegantes tamborilearon rítmicamente sobre la madera. Levantó la vista y clavó sus ojos en Vera por varios segundos.
Era imposible descifrar si estaba furioso o divertido.
Pero el simple hecho de que te mirara así, en silencio, era suficiente para helarte la sangre.
Vera fingió que no existía.
Ellos fueron los que la provocaron primero.
A esas alturas, Julián Valdés confirmó sus sospechas.
Vera salió del edificio y ahí estaba Pedro. Al verla temblar de frío, se quitó el abrigo de inmediato y se lo puso encima, regañándola como de costumbre: —¿Tú crees que tienes cuerpo de acero o qué? ¿No ves que te vas a congelar?
Cuando Vera tuvo a Lina, sufrió una hemorragia terrible.
Si no fuera porque Pedro estuvo allí y movió cielo, mar y tierra para traer a los mejores médicos, Vera no la habría contado.
Desde ese día, el cuerpo de Vera quedó sumamente débil.
Su salud era mucho más frágil que la de una persona normal.
El Maestro Cárdenas siempre le mandaba remedios caseros para que se recuperara, pero Vera era terca. Odiaba la medicina natural; a la menor oportunidad, tiraba los carísimos tónicos a las macetas.
Eso volvía loco al viejo maestro, que llevaba años insultándola por desobediente.
Vera ya estaba harta de los regaños.
Y Pedro Zárate la trataba como si fuera una niña de cristal.
—Sí, sí, ya entendí, no me des un sermón —respondió ella, cerrándose el abrigo obedientemente.
—Sube al auto.
Pedro tampoco tenía ganas de fingir amabilidad con Sebastián ni con Julián, así que quería largarse lo más pronto posible.
Pero el destino no perdona.
La romántica escena fue presenciada en primera fila por todo el grupo que iba saliendo del restaurante.
Julián Valdés, al ver cómo Pedro envolvía a Vera con su abrigo en un gesto tan íntimo, frunció el ceño. Una incomodidad extraña y punzante se instaló en su pecho, y soltó sin pensar: —¿Y a estos qué les pasa? ¿Desde cuándo Pedro Zárate es tan cercano a Vera?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano
Porque no hay más capítulos...
Que lastina que no esta gratis para poder leerlo😭😭...