Acababa de servirle un vaso de agua a Abelardo Suárez.
De repente, escuchó golpes en la puerta.
Vera se acercó, confundida: —¿Tan rápido hiciste las compras?
Pero al abrir la puerta, su expresión se congeló por instinto.
Hasta el último rastro de su sonrisa se desvaneció.
Sebastián Zambrano bajó la mirada lentamente.
Sus ojos profundos y oscuros se clavaron en su rostro: —¿No me invitas a pasar?
Su tono de voz no mostraba ninguna alteración.
Vera sintió el impulso de echarlo, pero desde adentro ya se escuchaba la voz inquisitiva de Abelardo: —Mi Sol, ¿quién es?
La mano de Vera, que apretaba con fuerza el pomo de la puerta, se aflojó poco a poco.
Miró a Sebastián. No venía con las manos vacías.
Traía consigo un par de elegantes bolsas de regalo.
Él le sostuvo la mirada por un segundo y luego la esquivó, pasando a su lado para entrar.
—Abuelo, soy yo.
Sebastián caminó hasta pararse frente a Abelardo, con un atisbo de sonrisa en el rostro.
La mirada del anciano se mostró desorientada por un instante, pero tras observarlo fijamente durante unos segundos, lo reconoció: —¿Sebastián? ¿Hoy no tienes trabajo?
Vera entró justo a tiempo para ver la expresión de inmensa alegría en el rostro de su abuelo.
Por un momento, se quedó sin palabras.
Sebastián curvó los labios: —Su cumpleaños siempre será una prioridad para mí, el trabajo puede esperar.
Vera lo miró de reojo. Tenía que admitirlo: si Sebastián se proponía hacer feliz a alguien, nadie podía resistirse a sus encantos.
—Le traje postres de su pastelería favorita, pero pedí que redujeran el azúcar. Lo más importante es que se mantenga sano —dijo Sebastián, colocando una de las cajas sobre la mesa.
—Bueno, bueno, les haré caso.
Abelardo estaba de excelente humor y asintió con una sonrisa tierna.
—También le traje esto. Supe que siempre ha tenido en mente las obras de Doña Inés. Últimamente he logrado recuperar algunas de sus pinturas, ¿le gustaría verlas?
Sebastián abrió la otra caja.
Vera miró en su dirección.
Incluso ella se quedó sorprendida por un segundo.
La mayor parte de las pinturas y caligrafías de su abuela habían terminado en tiendas de antigüedades, revendidas incontables veces.
Para ella misma había sido muy difícil rastrearlas.
Y ahora, Sebastián había traído nada menos que cinco cuadros.
Si Sebastián había logrado encontrarlos, lo más probable era que ya supiera del conflicto que había tenido con la familia Iriarte.
Sin embargo, desde que cruzó la puerta, no había hecho el menor amago de pedirle una disculpa.
Y sobre cómo había puesto a Saúl Jr. en su lugar... Seguro la familia Iriarte, y en especial Silvana, ya habían hecho un escándalo. Él siempre la protegía a capa y espada, ¿cómo no iba a buscar la forma de defender el honor de los Iriarte?
Por eso, todas las amabilidades que Sebastián estaba mostrando en ese momento se sentían como una guillotina suspendida sobre su cuello.
De pronto...
Vera recordó algo y sintió un latigazo de dolor en la sien.
Había estado tan cegada por la rabia hacia Saúl Jr. y Saúl Iriarte...
¡Se había olvidado por completo de avisarle a Ivonne que se habían ido a otra clínica! Si Ivonne iba al hotel, no los encontraba, le preguntaba a Pedro y luego llevaba a Lina directamente hasta ahí...
Un escalofrío le recorrió toda la espalda.
Se dio la vuelta de inmediato para mandarle un mensaje por WhatsApp a Ivonne.
Sebastián no pasó por alto el repentino cambio en la expresión de Vera en esos pocos segundos.
Parecía que le aterraba algo...
—Sebastián, Mi Sol... ustedes llevan muchos años casados. ¿Para cuándo van a tener otro hijo?
La voz de Abelardo cortó de tajo los pensamientos de ambos.
—¿Otro? —Sebastián giró lentamente la cabeza para mirar al anciano.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Fui yo quien te dejé, Sr. Zambrano
Porque no hay más capítulos...
Que lastina que no esta gratis para poder leerlo😭😭...